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Publicado en agosto 27th, 2017 | Escrito por

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Diálogo con el pianista Miguel Angel Estrella

ROSARIO/12 * Edgardo Perez Castillo

El sembrador sigue sin rendirse

La impronta macrista en el país, y su eco social, le recuerda al músico los días negros en los que fue secuestrado y detenido por el Plan Cóndor: «Me da escozor que no haya conciencia nacional».

La nave central del Espacio Cultural Universitario recibe a los primeros asistentes a la sexta edición del ciclo Concierto Interreligioso. Sobre el escenario, un grupo de coreutas repasa parte de su repertorio. Mientras tanto, y separado por una de las imponentes puertas del antiguo Banco Nación, Miguel Angel Estrella, invitado especial al encuentro, lee con atención el ejemplar del día de Página/12. La fotografía de Santiago Maldonado impone su ausencia en la amplia sala de dirección del ECU, donde el notable pianista invita a un diálogo en el que pasado y presente trazan sus lazos. «La desaparición de Santiago Maldonado no me deja dormir, pues sé lo que es eso, por lo que personalmente viví cuando desaparecí», resume Estrella, que no duda: «Hay similitudes y actitudes de otros tiempos. Cuando yo desaparecí había gente que decía ‘por algo será’. Piazzolla, por ejemplo, y no era un tonto Piazzolla. La desaparición forzada es un acto criminal y uno ve en las mentiras que dice Patricia Bullrich… Es muy desgraciado esto que vivimos, porque no hay síntomas de reflexión. Ellos piden diálogo, pero no les interesa lo que piensa la mayoría de los argentinos».

‑ Hay claramente un discurso, montado, y por otro lado un accionar del que una porción de la sociedad pareciera no tomar cuenta.

‑ Claro, porque hay una complicidad del Gobierno con los medios hegemónicos, que martillan y martillan. Después la Justicia, donde si hay un tipo que no les gusta se lo sacan de encima: no hay justicia para nada. Eso es preocupante. Y están lleno de mentiras: que los mapuches quieren hacer un Estado… son mentiras. Son mentirosos seriales. Venden eslogans que no tienen ningún fundamento.

‑ Pero que están bien estudiados: pese a su vacuidad, prenden rápidamente.

‑ Sí, como el «por algo será» que se inventó en otros tiempos.

En diciembre de 1977 Miguel Angel Estrella fue secuestrado por las fuerzas militares uruguayas, que atendiendo a los lineamientos del Plan Cóndor, lo mantuvieron desaparecido, bajo tortura, hasta que, a partir de la presión internacional, seis días más tarde fue transferido al penal de Libertad. En 1980 fue liberado y en diciembre de 1982 fundó Música Esperanza, proyecto artístico y humanitario que diseminó decenas de sedes por todo el mundo, cargándose de elogios y reconocimientos. Tras la asunción del macrismo en el gobierno nacional, las voces de otros tiempos comenzaron a resonar: a fines de 2015 (poco antes de que fuera desplazado como embajador en la Unesco, cargo que asumió en 2007 después de veinte años de participar como embajador de buena voluntad), desde Cancillería le aseguraron por correo electrónico que su programa La voz de los sin voz estaba «muerto y enterrado».

Escrita a principios de los 90 por pedido del escritor Jorge Semprún, ministro de Cultura de España (que de cara a los festejos por el quinto centenario, en 1992, buscaba una propuesta artística que realmente reflejara al continente americano por fuera de los cánones del mercado), la obra La voz de los sin voz se convirtió luego en un programa destinado a «promover y preservar las expresiones de música, ‘rituales’ y danza que integran el patrimonio cultural de América Latina, dándole voz a su identidad artístico musical». Con respaldo de la Unesco, se desarrolló desde el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto hasta que ese correo electrónico confirmó una culminación que no pudo revertirse pese al encuentro que Estrella sostuvo con la entonces canciller Susana Malcorra.

Misma suerte corrió la sede de Música Esperanza en la Villa 31 porteña: después de años de invertir fondos propios en un galpón que con el tiempo se transformó en centro cívico, recreativo y de contención para los pibes y pibas del barrio, la llegada del PRO al gobierno nacional echó por tierra 25 años de trabajo: «Ni bien subió Macri, citaron a la presidenta de Música Esperanza en Buenos Aires, le dijeron que se presentara al día siguiente y amablemente le pidieron que firmara un papel que decía que eso no era más de Música Esperanza. ‘Las cesiones siempre son precarias. Ahora esto es del PRO’, le dijeron. Y listo. Hice todas las apelaciones, le escribí al intendente de Buenos Aires, describí lo que era Música Esperanza, los programas que teníamos. Pero ni contestaron. Ahora, 650 orquestas del país, en lugares pobres, no tienen más subvenciones».

Y el pasado reaparece: Estrella se remonta entonces a las sesiones de tortura que sufrió ese diciembre de 1977, cuando su fe cristiana y la evocación musical funcionaban como mecanismo de resistencia. Durante los seis días que pasó con los ojos vendados, Estrella pudo distinguir cada una de las voces del centro de detención clandestino. Las de detenidos y torturados. Y, también, la de sus secuestradores. Entre ellas, la del coronel José Nino Gavazzo, que debió aceptar la orden de no avanzar con las torturas al músico por el que bregaba la comunidad internacional, y que entonces remarcó con desdén: «Mirá, hijo de puta, nosotros sabemos que no sos guerrillero, pero sos peor, con tu sonrisa, tu carisma, tu piano, le hacés creer a la negrada que tienen derecho a escuchar Mozart o Beethoven».

«Eso es lo mismo que piensa Macri», se aflige Estrella, y no duda: «Por eso mi preocupación, porque hay gente que no se da cuenta que estamos viviendo en una dictadura. Pero está la fuerza de los medios hegemónicos, esta gente maligna, corrupta, con intereses económicos fenomenales, me preocupa, me inquieta. A nosotros nos robaron todo en Música Esperanza».

 

«Hay gente que no se da cuenta que estamos viviendo en una dictadura, de gente maligna y corrupta».

‑ Es evidente la existencia de un odio de clase.

‑ Por eso te digo que comparo con el coronel Gavazzo, que me decía que era peor que un guerrillero porque le hacía creer a la negrada que podía escuchar Mozart. «Mozart es nuestro», decía. Y esta gente te habla de diálogo, de toda esta fantasía de los globos. Estamos en un momento tenebroso. Lo que me hace escozor en el alma es que no hay conciencia nacional. La marcha atrás de la CGT, todas estas cosas que le temen al poder. Como le temían a las desapariciones forzadas en otros tiempos, entonces preferían el mutismo, o esconderse.

El problema, entiende Estrella, es también global. En sus recorridas por distintas universidades europeas, el pianista suele sumar la compañía del influyente sociólogo Edgar Morin, que a sus 96 años sigue buscando movilizar a los jóvenes. «Muchas veces él plantea que el problema de Europa es que no hay más izquierda. Cuando hace unos años fue lo de Grecia, en la plaza de la República de París había 200 personas. En los 60, 70, habría habido 100 mil», compara Estrella, que entiende que la comunidad artística argentina debería avanzar en su rol militante, más allá de las esporádicas apariciones en marchas o programas televisivos.

Con su característica tenacidad, Estrella sostiene esa militancia con conciertos solidarios para comunidades y asentamientos de distintos puntos del país.

Y, también, despertando conciencias en las nuevas generaciones: «Yo sigo con mi actividad de siempre, ahora vivo más en Argentina porque siento que tengo que estar aquí, pero viajo tres veces por año a hacer mis giras en Europa, que es de lo que vivo. Una de mis militancias con Música Esperanza en Europa son los migrantes, entonces toco para ellos y denuncio lo que pasa. Soy cristiano, o sea que mis redes tienen mucho que ver con el cristianismo, sean ortodoxos, protestantes (que trabajaron como animales por mi liberación, mientras que la Iglesia nuestra… menos), y trabajo con niños. Y vivo cosas enormes con esos chicos. Inventé un juego en el que toco y ellos le ponen nombre a esas músicas. Y así los voy llevando a hablar de los migrantes. En uno de esos encuentros, algunos chicos más grandes, de entre 6 y 11, estaban muy enojados. Y toqué un preludio terrible de Chopin. Cuando me dí vuelta, todos los ojos tenían respuesta. Entonces señalé a una nena de 11 años, seria, y le pregunté qué nombre le había puesto: ‘Grave’. Después de dos horas y media, terminé preguntándoles qué hacer con los migrantes, algo de lo grave que, según ellos, pasaba en la sociedad. Una nena dijo: ‘Los migrantes necesitan amor’. Y todos pensaron lo mismo. Cuando terminamos, a la monja amiga que tengo ahí le pedí la computadora y le mandé un mensaje a (Jorge) Bergoglio para contarle lo que acababa de vivir. A las dos horas me contestó: ‘Seguí sembrando. Por lo que me contás, hoy la lucidez no está en los adultos, está en los niños. Seguí sembrando'».

Y allí va Estrella, consternado por los ecos de un pasado que se elevan en este presente; pero con la tenacidad y convicción de seguir sembrando, allí donde se lo necesite.


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