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Miercoles 29 de Junio del 2022, 22:48               

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FIdel y Diego en primer plano. Detrás, el autor de la nota y el profe Signorini.

La revolución no da para tanto

-¿A ti te gustan las ostras?

-Me vuelven loco.

(Fidel pide un frasco de ostras a la cocina, las prueba “en esto soy un especialista, no son las mejores pero coman”, dice. Comemos. Al instante pide permiso y se va. Al instante vuelve. “Me acorde que tenía este pomo, estas son mejores compañero”, dice. Y lo notamos. Diego se “baja” cinco copas. Fernando y yo, dos. Todo con cerveza de por medio).

-Tú sabes que tuvimos un problema con las ostras: el agua contaminada. Así que ahora ya hemos hecho un estudio y creamos un lugar para criarlas, como un criadero artificial.

– ¿Aquí se pueden comer en cualquier restorán?

Sí, pero están caras por ahora. Yo entiendo que a los cubanos nos gusten mucho las ostras, pero no podemos aplicarles una política subsidiaria como si fueran necesarias como el azúcar. No, compañero, esto es una revolución pero no para tanto.

Por supuesto, en la reunión no hubo grabador ni el menor intento para anotar lo que se estaba viviendo. Nada de eso. La cosa pasaba por lo domestico, por lo bien Íntimo.

-Dime, ¿tu padre también fue futbolista?

-No, dicen que él era bastante patadura. ¿Sabe lo que es patadura, no?

-Me lo imagino, chico, me lo imagino. Y dime, ¿es verdad lo que escuché en el noticiero, eso que tú vendrías a jugar un partido a La Habana con tus hermanos y con tú amigo Valdano?

-Sí, comandante, es así.

-Qué bueno, qué bueno! Nos vendría muy bien, ¿sabes? Y dime, ¿cuándo tú te vas? ¿Mañana? Oie, qué malo es eso… Pero, ¿tú has pasado buenos días aquí? ¿Seguro? Bueno, a ver si la próxima vez vamos juntos a pescar… Dime ¿y tú crees que nosotros podamos tener buen fútbol?

-Sí, ¿por qué no? Lo único que complica es el calor, pero después tienen todo: habilidad, cintura, música por dentro, resistencia física y ganas con un proyecto.

-Si tú, Maradona, lo dices… Oie, ¿y tú dónde guardas el dinero que ganas en el fútbol?

-Lo invierto en Argentina y en Italia.

-¿Y ganas mucho?

-Sí, gano lo que produzco y eso es mucho. Hoy tendría que tener más, pero en Barcelona perdí mucha plata.

-Ahhh… ¿Y a ti te gusta Nápoles?

-No sé… Parece una broma pero después de dos años de estar allá todavía no conozco la ciudad.

-Oie, compañero, ¿cómo es eso?

– Es que no me dejan salir, comandante. Los napolitanos son así, sólo ellos se entienden. Tengo que cambiar el número del teléfono cada quince días porque no podemos dormir por los llamados. No sé, yo soy para ellos como un semidios. Me comparan con San Genaro. Se lo digo con toda humildad.

– Ya lo sé, chico, ya lo sé. ¿Y tú qué vas a hacer con todo esto?

-Aguantar. ¿Qué otra cosa me queda? Son así, increíbles…

Cuando Castro era de extrema derecha

– Oie, lo qué es el fútbol, compañero. Yo antes jugaba de extremo derecho (Diego me mira en forma cómplice, como diciendo qué raro que no jugaba por izquierda). También hacía béisbol y ahora hago todavía un poco de básquetbol y bastante natación. Nado media hora pero con todo, y con un compañero tomando el tiempo. A mí siempre me gustó eso de tomar el tiempo… Ahora lo que me tiene preocupado es esto del entrenador personal. Voy a ponerme uno.

– A mí me gusta tomarme el tiempo cuando voy con el auto…

– ¿A ti te gusta la velocidad?

– Muchísimo.

– Oie, ten cuidado, que me han dicho que el tráfico de Nápoles es muy complicado.

Más complicado es darle final a esta reunión increíble porque, en realidad, no lo tuvo. Es que Diego se fue diciendo lo que ya sabe todo el mundo: “Es una enciclopedia. Verlo fue tocar el cielo con las manos. Que los cubanos se queden tranquilos porque lo tienen. Es una bestia que sabe de todo, con una convicción que explica cómo pudo hacer lo que hizo con doce hombres y tres fusiles. Ya le dije que cuando tenga un rato libre me llame para charlar. Yo me invité sólo…”

Es que Fidel se quedó en su mesa de trabajo hasta muy tarde, como siempre, y según cuentan, en algún momento se le escapó una reflexión más o menos así: “Me gusta este chico, es humilde, sabe muy bien de dónde viene. Va a ser lindo tenerlo otra vez por acá y verlo jugar en Cuba. Yo no me lo voy a perder…”

Fidel y Diego. Castro y Maradona quedan para la historia. Claro, en distintos tomos…

Una camiseta argentina, regalo de Maradona a Castro.

Un gol de gorra

“Comandante, disculpe, ¿me la da?”

Fidel responde casi inmediatamente con un gesto tan sencillo como contundente: se saca la gorra y busca la cabeza de Diego, pero antes se da cuenta del detalle, del toque final…

“Espera, antes la firmo, porque si no puede ser de cualquiera” (saca una lapicera del bolsillo de su ropa de fajina mientras doña Tota, la mamá de Diego, le pasa su brazo izquierdo por la cintura presenciando el estampe de la firma). Ahora sí.

Con la gorra puesta, la cara de Diego es de un pibe de la villa que recibe la de cuero un 6 de enero. Así de simple, así de hermoso. Enseguida, una de Diego, otro toque de distinción.

“Ahhh, no… ésta no me la saco más… Con esto voy a todos lados y me la dejo en la concentración hasta el momento de entrar a la cancha. Y no me la pongo para jugar porque es antirreglamentario. Que si no…”

Después, el abrazo, la despedida a un metro del ascensor, los regalos que Fidel había anticipado para que no nos olvidáramos (y que incluían una caja de habanos Cohiba que él dejó de fumar el 26 de agosto de 1985, “aun que ustedes tienen derecho de hacerlo y yo me reserve el derecho a la crítica”), y una noche que terminó de día, a eso de las cinco y media, con La Habana amanecida y con una pregunta entre tantas otras:

-¿En serio que vas a Ir a todos lados con la gorra guerrillera de Fidel?

-Preguntale a mi vieja lo cabezadura que soy.

* Nota publicada en la revista El Periodista, en agosto de 1987, realizada por el periodista Carlos Bonelli.


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