Sábado 04 de Febrero del 2023, 05:02               

Noticias

Publicado en diciembre 4th, 2022 | Escrito por

0

No alcanza con un plan de estabilización: todo está estructurado para explotar la riqueza y fugarla

Economistas mediáticos vinculados al establishment enfocan sus propuestas y opiniones en la estabilización. Se parecen al ex presidente Macri, quien decía que el principal problema de la Argentina era la inflación, y al ex ministro Guzmán, quien decía que el objetivo de su gestión era estabilizar

elciudadanoweb.com Esteban Guida / Fundación Pueblos del Sur

Especial para El Ciudadano

Algunos economistas mediáticos vinculados al establishment enfocan sus propuestas y opiniones en la estabilización de la economía, con un destacado énfasis en reducir el índice inflacionario. De esta forma se parecen al ex presidente Mauricio Macri, quien decía que el principal problema de la Argentina era la inflación. Pero también se asemejan al salido ministro de Economía Martín Guzmán, quien afirmaba que el objetivo de su gestión era estabilizar la economía.

De la extranjerización y concentración de la economía doméstica, de la dependencia de productos y capitales internacionales, de una inteligente inserción externa en favor del trabajo argentino, de la defensa y aprovechamiento de la riqueza nacional, de la administración del comercio exterior para hacer un uso estratégico de las divisas, de las formas de pago de la deuda pública y privada con criterio de justicia y legitimidad, de las negociaciones con las dos potencias que pujan por nuestra riqueza y territorio (Estados Unidos y China), entre otros tantos temas cruciales y estratégicos para el país, no se los oye hablar…

La idea de que reducir la inflación es el único objetivo (posible y necesario) de la política económica, implica la grave y deliberada omisión de que el desorden de la economía argentina es tal que, aun con exportaciones en niveles récord, no tenemos divisas para sostener en funcionamiento lo más básico de la economía. De hecho, nos encontramos en un momento en el que la inflación se explica en gran medida por las consecuencias de una restricción externa que viene afectando gravemente al país desde más de una década, y por las medidas tomadas en la encrucijada que genera este problema.

Sobre este punto en particular, tampoco se oye a estos economistas proponer solución alguna para que el país supere esta debilidad histórica y estructural. El desafío genera tanto compromiso político, que más vale no abordarlo. Es que, sin financiamiento externo, se acabaron las ideas “market friendly”, y las soluciones de fondo colisionan con los intereses que representan (o sea, el de los clientes de sus consultoras).

En síntesis, existe una coincidencia entre los gobiernos de turno y los economistas del establishment consultados. No hay lugar, ni debate, ni propuestas para repensar el modelo económico que nos dejó la dictadura cívico-militar que terminó en 1983. Ya sea porque no les conviene, o porque han abandonado toda idea de Nación y de soberanía económica, las ideas y propuestas se limitan a proponer planes de estabilización que garanticen la calma del stau quo a los grupos de poder económico que operan en el país.

El argumento de esta forma de concebir la economía es que, si baja la inflación, el salario real deja de caer y el tipo de cambio deja de atrasarse. De esta forma, se frena el empobrecimiento, y si los precios de las commodities acompañan, se puede sostener un superávit comercial suficiente para no entrar en default. La fuga de capitales se financia con nuevo endeudamiento externo, y la intervención del Estado se limita a subsanar algunos problemas distributivos, entendidos según el interés del sector que le toque gobernar.

Pero este razonamiento omite peligrosamente la historia económica argentina, que no deja de enseñarnos acerca del fracaso que implica intentar estabilizar una económica estructurada y organizada para explotar su riqueza y fugarla en perjuicio de su pueblo.

En el año 1985, bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, el nuevo ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille, llevó adelante un plan de estabilización de shock y con medidas novedosas, que tenía por objetivo frenar la inflación. El gobierno radical, que había puesto énfasis en la democracia y el enjuiciamiento a los militares, había abandonado toda pretensión de revisar las causas y consecuencias económicas de la dictadura; había abandonado la investigación sobre la estafa de la estatización de la deuda y los delitos cometidos contra el Estado por parte de los funcionarios del gobierno militar y de los empresarios que se beneficiaron con ello. El gabinete económico, bajo la conducción de Alfonsín, aceptó la nueva estructura económica que había dejado la violencia y el terrorismo de Estado, consolidando el poder económico en pocos grupos concentrados que afectaban numerosas ramas de actividad y condicionaban cualquier intento de transformación económica en dirección a una economía nacional, de perfil industrial y con capacidad de autoabastecimiento.

El plan de estabilización de Sourrouille fue acordado con el FMI y el Tesoro de los Estados Unidos a espaladas del pueblo argentino. El gabinete económico recibía de éstos el apoyo económico necesario para financiar los desequilibrios propios de un modelo fallido e inviable (sobre todo en un contexto de aumento de la tasa de interés internacional y la caída de los términos de intercambio en perjuicio de la Argentina). Por su parte, el gobierno argentino, renunciaba a todo interno de revertir la dependencia de la economía nacional de estos grupos económicos locales y extranjeros, renunciando a cuestionar los innumerables delitos económicos cometidos contra el Estado, trabajadores y empresarios. En otras palabras validaba, con la democracia, a la injusticia perpetrada a punta de pistola.

Las medidas del denominado “Plan Austral” lograron reducir notablemente la inflación en el segundo semestre del año 1985, lo que dio aire político al gobierno radical. Pero no hubo más nada que eso, no había plan de crecimiento y desarrollo; no había estrategia de reinserción externa, ni un programa de renegociación de la deuda viable según la capacidad de pago del país. Todo se reducía a administrar los precios según las tensiones políticas internas y externas, y cruzar los dedos para que el financiamiento externo no se acabe. En el plano económico no había decisión política de cambiar sustancialmente nada.

Las consecuencias no tardaron en llegar. Al año siguiente, la inflación comenzó nuevamente a aumentar, junto con el deterioro del frente externo que provocó la corrida cambiaria de fines de 1988 y principios de 1989. Desde los mismos sectores de poder concentrado que habían surgido del gobierno cívico-militar, especularon con la caída del gobierno y el agravamiento deliberado de una crisis que los beneficiaba; esos sectores a los que el gobierno de Alfonsín no pudo o no quiso afectar cuando tuvo el poder político suficiente de parte de todo el arco político que lo respaldó formal y públicamente.

Los que vuelven a proponer una devaluación, con retenciones, aumentos pautados de salarios y tarifas, con fijación masiva de precios, sin una propuesta de reinserción externa y reordenamiento de la económica nacional con un objetivo de crecimiento y desarrollo económico orientado al interés nacional, no recuerdan o no quieren recordar que de esa forma condujeron al país a un estallido que posibilitó al período de transformaciones más perjudiciales para el país bajo un régimen democrático.

No podemos abandonar la pretensión de repensar y redefinir el proyecto de Nación que queremos lograr. Es cierto que la coyuntura es compleja, pero presenta nuevas y trascendentes oportunidades para aprovechar las bendiciones que ha recibido y sigue recibiendo nuestra Patria para lograr la felicidad material y espiritual de nuestro pueblo.

No hay más excusas, es tiempo de discutir y proponer el modelo argentino para el proyecto nacional.

(*) fundacion@pueblosdelsur.org

Relacionado


elciudadanoweb.com


Sobre el autor



Los comentarios no estan disponibles.

Subir ↑