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06/01/2026

La atrapante vida de Eugenia de Chikoff, la condesa de acento alemán que combatió contra los ladrones y los malos modales

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Hija de un aristócrata ruso exiliado, experta en protocolo y karate, fue una figura singular de la televisión argentina, donde convirtió la etiqueta en un espectáculo atravesado por humor, rigor y una vida marcada por decisiones poco convencionales

>El apellido Chikoff se asoció durante décadas en la Argentina con la enseñanza de los buenos modales, pero también con una vida atravesada por una aristocracia en ruinas y una fuerte impronta de humor. Eugenia de Chikoff, celebrada en los medios por su singular manera de abordar el protocolo, legó mucho más que un manual de etiqueta: transformó la transmisión social de las costumbres en un espectáculo cercano para el público, aun en circunstancias personales siempre marcadas por su refinada herencia familiar y una historia repleta de decisiones complejas.

La vida de Eugenia de Chikoff estuvo marcada por una infancia itinerante. Nació en Argentina, pero a los tres años se mudó a Europa junto a su familia. Fue educada en Alsacia, región en la que, según solía bromear, el idioma y el bando cambiaban según el rumbo de la guerra. Aquella etapa selló su inconfundible acento alemán, del que jamás lograría desprenderse, por más que dominara varios idiomas y festejara a quienes pudieran identificar la procedencia de su manera de hablar.

Eugenia, que nunca aceptó el título de condesa, aclaraba con precisión: “La condesa es la esposa del conde; yo solo soy la hija”. La educación que recibió de su madre fue rígida y exigente, aunque la armonía familiar era más aparente que real. El matrimonio entre sus padres permaneció unido de cara a la sociedad, compartiendo celebraciones y eventos, mientras que la versión oficial justificaba la ausencia permanente del padre en Europa por cuestiones laborales en Buenos Aires.

Décadas más tarde, Eugenia cumplió esa promesa y el compromiso de su padre con una viuda quedó en la nada.

El Conde jugó un papel central en la selección de pretendientes para Eugenia, ejerciendo una influencia sutil pero efectiva. Un ejemplo fue el comentario sobre lo poco elegantes que le parecían las manos de uno de los novios de su hija, detalle que Eugenia no pudo olvidar y que precipitó el final de la relación.

La vida en Buenos Aires junto a su padre estuvo marcada por privaciones disimuladas detrás de una presentación siempre impecable. El conde, sin empleo fijo y aficionado al juego, frecuentaba el Banco Municipal para empeñar joyas y obras de arte que rescataba cuando la suerte lo acompañaba.

En 1928, el presidente Marcelo T. de Alvear convocó al Conde, quien participó en la redacción de las normas de protocolo para el gobierno nacional y la cancillería. Además, el Conde fue profesor en el Colegio Militar cuando Juan Domingo Perón era estudiante. Con el paso de los años, ya siendo Perón presidente de la Nación, ambos retomaron el vínculo. La razón fue concreta: Perón quería que el Conde instruyera a Eva Duarte en cuestiones protocolares para un viaje a Europa. La principal dificultad residía en corregir detalles como la costumbre de hacer ruido al tomar la sopa y el uso cotidiano de malas palabras, según recordaba el propio Conde, quien se admiró de la inteligencia y rapidez de aprendizaje de Eva. Las clases duraron poco tiempo y el Conde se negó a cualquier remuneración por el servicio.

Continuaron su participación en la televisión bajo diferentes formatos a lo largo de seis décadas. En paralelo a su exposición mediática, Eugenia fue responsable del Instituto de Cultura Social, Buenos Modales y Cortesía, fundado por su padre en la esquina de Santa Fe y Suipacha. El paso de los años y el deterioro del Conde dejaron a Eugenia a cargo de la institución.

Tras la muerte de su padre, Eugenia de Chikoff continuó su labor en los medios y en la educación social, a la que agregó una impronta personal: el humor, que matizaba el rigor del protocolo. Durante dos décadas, fue protagonista de los grandes programas de televisión: participó con Susana Giménez, Mirtha Legrand, Moria Casán, Julián Weich y Antonio Gasalla, entre otros.

En una memorable aparición publicitaria, protagonizó un comercial en el que trataba de enseñar buenas maneras a un grupo de niños salvajes. Eugenia de Chikoff forjó a lo largo de su vida una figura única: experta en ceremonial y etiqueta, pionera en llevar el protocolo a la cultura de masas y mujer de convicciones indómitas, fiel a sus raíces y a su modo inconfundible de enfrentar cada escenario.

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