21/01/2026
Ocuparse del alma hoy: el sorprendente auge de Viktor Frankl
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La vigencia de la logoterapia, fundada por el neurólogo y filósofo austríaco, desafía a repensar el valor de la existencia y el papel del sufrimiento en la construcción de la libertad individual
>“Ocúpate del alma, dijo el gordo vendedor de carne”, propone una hermosa de Joaquín Sabina. A través de sus versos plantea el encuentro con el propio reflejo en el espejo, cuando ya no hay ninguna máscara. “Déjame solo conmigo, con el íntimo enemigo que malvive de pensión en mi corazón”, continúa la letra que, en un primer momento, desarrolla una serie de órdenes contradictorias (“Corre, dijo la tortuga; atrévete, dijo el cobarde”) que ponen de manifiesto que la relación con uno mismo no es tan diáfana y transparente como creemos o quisiéramos.
Ocuparse del alma era un imperativo clásico de los estoicos, en la línea del “Conócete a ti mismo” de los griegos. No es raro que hoy se publiquen muchos libros de aquellos filósofos (Cicerón, Séneca, etc.), así como se editan manuales de introducción, que pusieron en un primer plano el valor de la existencia. En tiempos de crisis y decadencia social (como lo fue el derrumbe del Imperio Romano) queda volver a uno mismo y preguntarse por lo más básico de la buena vida.Sin embargo, nosotros no somos filósofos. Somos consumidores, personas con atención distraída, con vínculos frágiles. Cuando volvemos a nosotros, nos encontramos desgarrados, como el personaje de la canción de Sabina: “El caprichoso, el orgulloso, el otro, el cómplice, el traidor”. Que un carnicero –en lugar de un filósofo– tenga que recordar el valor de alma es una paradoja bien propia de esta época.El cerebro es la nueva alma, en una época de existencias débiles. “Sabés que no aprendí a vivir” dice otra canción –una de Charly García– que también podría medir la temperatura de la crisis actual. ¿En qué punto los diagnósticos nos están quitando la capacidad de vivir, en la medida en que la codificación anticipada de la experiencia reemplazó su descubrimiento? Una categoría diagnóstica es mucho más valiosa por las distinciones que permite establecer con otras categorías que por la cantidad de fenómenos que agrupa bajo su nominación, dado que el riesgo en este último caso es que se generalice y, como ocurre hoy en día, se divulgue de una manera –redundantemente– vulgar y se aplique a casi todas las personas.
¿Qué se “cura” en un proceso psicoterapéutico? ¿Un diagnóstico? ¿Se trata de que, en primer lugar, alguien se identifique con un término y, luego, “aprenda” lo que de sí mismo dice ese término? Si este era el caso, estaríamos ante una etiqueta, una máscara detrás de la que habita el sufrimiento real, el de la vida, el de la existencia. En un mundo decadente, en el que los sentidos están en crisis, la mejor alienación –su forma más sutil– ya no es la de la explotación en el trabajo, sino la de la identidad, para hacerse solo las preguntas que ya tienen una respuesta estandarizada.Nada de esto es reciente. De este tipo de constataciones es que nació la aproximación terapéutica de Viktor Frankl. Sobreviviente de un campo concentración, Frankl tenía el coraje de preguntarle a sus pacientes: “¿Por qué no se suicida usted?”. Antes que invitarlos al acto, su interés estaba en poner de manifiesto lo que une más íntimamente a la vida. En efecto, uno de sus libros más conocidos comienza con un capítulo titulado Un psicólogo en un campo de concentración. Este es un texto que debería leerse en las escuelas secundarias.En este punto, su postura es diferente a la del psicoanálisis clásico que siempre puso en primer plano las pulsiones. ¿No habría descuidado Freud el valor del sentido? Quizá lo dio por sentado y lo dejó sin tematizar. Aunque el carácter sombrío de la obra freudiana a partir de la experiencia de las dos guerras mundiales, con una apuesta por la civilización, tal vez dé cuenta de un cambio de punto de vista.
Ahora bien, continúa Frankl: “Ese sentido [para la vida] es único y específico en cuanto es uno mismo y uno solo quien tiene que encontrarlo”. Dicho de otro modo, no se trata de que haya una cosmovisión o sistemas de valores abstractos a los que adherir, como no sea la pregunta por lo humano en su dimensión más radical. ¡Qué extraño parece decir esto en un tiempo en que se celebra el post-humanismo y el animalismo como nuevas formas de vida, a veces superadoras!
Entre 1946 y 1974 hay casi tres décadas, el tiempo suficiente para que la logoterapia adquiriese carta de ciudadanía y la figura de su promotor se haya consolidado. En efecto, en 1986, la Universidad de Viena le otorgó a Frankl el título de Doctor Honoris Causa. Para ese entonces, ya llevaba publicados 27 libros, muchos traducidos a más de 20 idiomas (con una edición al japonés de su obra completa). Reconocer el valor de Frankl para la psicología no requiere justificación.
Es bien interesante este proceso de curación: el paciente quiere recuperar su vida de las garras de un diagnóstico y de la mirada del terapeuta. El proceso de comprensión desde la vía teórica es poco al lado de la comprensión que el enfermo consigue de sí mismo. En última instancia, un buen proceso terapéutico conduce a que el enfermo decepcione al psicoterapeuta respecto de las expectativas, anticipaciones y previsiones que el profesional se forma sobre la enfermedad del paciente.
Un libro de reciente publicación en castellano es El hombre doliente, que contiene en un único tomo dos libros de la década del ’70: El hombre incondicionado y Homo patiens. El primero de ellos retoma la relación entre el cuerpo y el alma para centrarse en uno de los temas más caros del existencialismo: la libertad.
Cada día la medicina descubre nuevos genes, neurotransmisores, etc., pero si los seres humanos renunciamos a la descripción de nuestras acciones en términos de voluntad (que no necesariamente tiene que ser consciente) estamos dejando de lado lo específico de una vida humana. Esta aclaración recuerda el chiste –de dudoso sentido del humor– según el cual un hombre visitaba a su esposa enferma hasta que el médico le dice: “La sonrisa de ella se debe a una parálisis facial” y, entonces, el marido deja de ir.
Homo patiens, por su parte, es un bellísimo ensayo sobre la importancia del dolor en la vida humana. El humano no solo sufre (como los animales) sino que también siente dolor, un dolor que lo educa –aunque a veces no enseña nada, salgamos del didactismo continuo– y abre el camino hacia lo espiritual.
De este modo, Frankl critica las aproximaciones que todo lo clasifican, que en todo ven un diagnóstico y olvidan la experiencia iniciática que impone el dolor en la vida humana. Así llegamos a otro libro de reciente reedición, que se lee bien con el anterior: Teoría y terapia de las neurosis (cuya primera aparición fue en 1987). En este ensayo, Frankl plantea que, junto a la neurosis de origen psíquico, también está la neurosis debida a la frustración existencial.
Transcribo un breve fragmento para situar mejor de qué nos está hablando Frankl: “Una paciente nos consulta a causa de su nerviosismo, tendencia al llanto, tartamudeo, sudores, temblores, oscilaciones de párpados y una pérdida de peso de 7 kilos en 4 meses. Todo ello es debido a un conflicto de conciencia entre matrimonio y fe: ¿qué debe hacer, sacrificar el matrimonio a la fe o viceversa? Ella da mucha importancia a la formación religiosa de sus hijos, mientras que su marido, ateo declarado, se opone a ello decididamente. El conflicto, en realidad es humano y no patológico. Solo el efecto del conflicto, la neurosis, es una enfermedad. Por esta neurosis no puede ser tratada sin que abordemos un problema de sentido y valor, puesto que la misma paciente asegura que podría tener la mejor vida, tranquilidad y su paz si se adaptase a su marido y en general a su ambiente social. Pero su problema es este: ¿hay que adaptarse a cualquier precio?”.