CULTURA
11/09/2026
"Hacer sonar la alarma": una filósofa estadounidense afirma que es hora de señalar el mal en este tiempo
Fuente: Netfan Servicios
En 'Llamalo maldad: entendiendo la Era de Trump', Susan Neiman sostiene que al definir el mal en términos de monstruosidad individual, no logramos percibir su arraigo generalizado en nuestra cultura
Susan Neiman ha advertido una paradoja. "A medida que el mundo se desliza hacia el desastre", escribe en su nuevo libro, "nuestro lenguaje se ha vuelto más cauteloso". Sin embargo, esta vacilación ha sido notablemente asimétrica. Al presidente Trump le encanta usar la hipérbole ("nasty", "sleazebag", "vermin"), mientras que los demócratas del establishment, al menos hasta hace poco, se han mantenido en un lenguaje de decorosa aversión al riesgo.
En Call It Evil: Understanding the Trump Era (Llamalo maldad: entendiente la Era de Trump), Neiman sostiene que las extendidas ideas erróneas sobre lo que es el mal hacen que la gente sea demasiado reacia a usar esa palabra. A pesar de su título deliberadamente provocador, afirma de manera categórica: "Este no es un libro sobre Donald Trump". Filósofa moral nacida en Estados Unidos y radicada actualmente en Alemania, Neiman escribió en 2002 una aguda historia del mal en el pensamiento moderno. Su nuevo libro es menos una exploración filosófica que una guía polémica para el momento actual. Cree que la gente está tan aferrada a entender el mal en términos de monstruosidad individual —el villano jubiloso, el sádico depravado— que pierde de vista cómo suele operar el mal con mayor frecuencia.
Recuerda una entrevista con un productor de pódcast que no dejaba de preguntarle por un espantoso caso de canibalismo en Florida. Incluso cuando intentó decirle que ese tipo de incidentes distraen de males que ella considera más comunes y más peligrosos ("hacer la guerra para mantenerse en el poder"; recortar la ayuda para bajar los impuestos a los ricos), el productor volvía una y otra vez a los detalles escabrosos.
Neiman quiere que los lectores piensen el mal de maneras menos espectaculares y más sistémicas. Cita el concepto de Hannah Arendt de "la banalidad del mal" como especialmente útil. El hecho de que Arendt haya sido denunciada por ello ilustra nuestra obstinada renuencia a ver el mal como algo distinto de lo demoníaco.
Arendt escribía sobre Adolf Eichmann, uno de los organizadores nazis del Holocausto, y sus críticos la fustigaron por retratarlo como un asesino de escritorio marcado por una "mera irreflexión". Pero Arendt insistía en que eso no lo hacía menos culpable ni menos malvado; más bien, todo lo contrario. Lo que hace tan destructivo a ese tipo de mal, decía Arendt, es que no tiene profundidad: "Puede expandirse y devastar el mundo precisamente porque se propaga como un hongo en la superficie".
Las consecuencias de esta línea de pensamiento son fecundas pero profundamente incómodas. Neiman entiende que muchos liberales angustiados pueden coincidir con su condena de la era Trump y aun así incomodarse con su terminología. "El mal es la palabra más explosiva que tenemos", escribe. "Usada indiscriminadamente, puede servir para avivar el mal mismo". Llamar mal a algo marca un límite y señala un terrible territorio más allá de él. "Los crímenes son cosas para las que tenemos procedimientos", dice. "El mal es lo que uno dice cuando se le empieza a descolgar la mandíbula al sentir que se ha cruzado una línea".
¿Qué ocurre cuando a una persona se le descuelga la mandíbula y a otra no? Es un dilema que queda fuera del alcance de este libro vigoroso. Neiman dedica muy poco tiempo a delinear por qué ha decidido que "mal" es la palabra adecuada para "un país donde hombres enmascarados deportan personas a tierras baldías que nunca han visto", como ella lo expresa, o "un ejército que hace volar a pescadores en pedazos con las justificaciones más exiguas".
Si esos hechos no le perturban, Call It Evil no es para usted. Neiman dice que no quiso recargar su libro con "matices y detalles", porque lo concibió como una intervención. Su objetivo, dice, es "hacer sonar una alarma".
Con ese fin, Call It Evil tiene tres partes principales. "Lo que está en juego" sostiene que nuestro malentendido del mal nos ha adormecido hasta la complacencia, de modo que ahora damos por sentadas la crueldad y la corrupción. "Lo que nos convenció" explica cómo el tribalismo y una ideología del interés propio socavaron nuestros compromisos mutuos. El fundamentalismo de mercado elevó la racionalidad económica por encima del razonamiento moral. La brutalidad y la despiadada dureza se convirtieron en signos de la "autenticidad" de un político. Neiman, judía residente en Alemania, señala lo ocurrido tras la muerte de 1.200 israelíes el 7 de octubre, cuando la memoria del Holocausto fue invocada para justificar la muerte de 70.000 palestinos en Gaza. El resultado, dice, ha sido una profundización del cinismo moral.
Su tercera sección, "Formas de salir", ofrece prescripciones. Neiman afirma que la política identitaria es un callejón sin salida. (Ya había formulado un argumento similar en su libro anterior, Left Is Not Woke). Otro callejón sin salida es el comunismo, que, según dice, está sometido a "la misma adoración de la necesidad económica" que el capitalismo. Lo que recomienda es un "universalismo resuelto" combinado con la socialdemocracia. Cita la caracterización de Albert Einstein de ese sistema político como "la única manera de avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano".
Einstein aparece de forma destacada hacia el final del libro, como ejemplo de alguien que respondió a las injusticias morales con coraje moral. Neiman sostiene que la imagen convencional del científico como un genio distraído de pelo alborotado pasa por alto la firmeza de sus compromisos políticos y el modo en que esos compromisos lo acercaron al peligro más de lo que muchos estadounidenses quizá imaginaron. El director del FBI, J. Edgar Hoover, se aseguró de que se vigilara el correo de Einstein y se rastrearan sus llamadas telefónicas. La vigilancia terminó solo cuando a Einstein le quedaban pocas semanas de vida. Su expediente en el FBI superó las 1.400 páginas.
Neiman detalla cómo, incluso antes de que Einstein emigrara a Estados Unidos, ya era blanco de una campaña de derecha destinada a negarle una visa. Después de jurar como ciudadano estadounidense en 1940, un colega le aconsejó evitar apariciones públicas que pudieran atraer ira política: "A largo plazo, su seguridad dependerá de su discreción".
Pero Einstein decidió ignorar ese consejo. Utilizó su fama para hablar en voz alta sobre la injusticia. No era comunista, pero advirtió que el Red Scare estaba desgarrando su país adoptivo. Recibió cartas de odio y amenazas de muerte. Pocos días después de la muerte de Einstein, un clérigo de extrema derecha instó al Congreso a dejar de admitir refugiados para que Estados Unidos no fuera, Dios no lo permita, a "tener otro Einstein".
La idea de que Einstein fuera un peligro para Estados Unidos suena ridícula. Pero, de nuevo, imagine el tipo de hostilidad que enfrentaría hoy. Neiman cita a Ece Temelkuran, una periodista turca que tuvo que abandonar la Turquía autocrática de Recep Tayyip Erdogan y que actualmente vive en el exilio.
Sin utilizar la terminología de Arendt, Temelkuran sugiere lo fácil que fue, en un principio, no advertir que algo insidioso estaba creciendo y devastando su país. Ese lento deterioro moral solo se vuelve evidente "después de que se ha infligido un daño severo al concepto fundamental de justicia, y una vez que ha sido destruida la moral mínima de la que no sabías que dependías".
Fuente: The New York Times
Fuente: Netfan Servicios