CULTURA
11/09/2026
Qué leer esta semana: la resistencia de los perdedores seriales
Fuente: Netfan Servicios
La literatura que mira los márgenes: una radiografía de antihéroes y el arte de sobrevivir al naufragio, por Liliana Escliar, Víctor Hugo, Pedro Mairal, Osvaldo Soriano y Eduardo Sacheri
Hay una estirpe de personajes que recorre la literatura como un fantasma persistente: la de los vencidos que se niegan a entregarse. No se trata de héroes trágicos de bronce, sino de hombres y mujeres comunes, asfixiados por las deudas, el desempleo, el desamor o el simple paso del tiempo. Son los "perdedores seriales", criaturas atrapadas en las redes de una realidad rioplatense que cíclicamente amenaza con devorárselos.
Sin embargo, lo que define a estas ficciones no es la autocompasión ni el lamento estéril, sino la tenacidad de su resistencia. Cuando el suelo se resquebraja y el abismo asoma, estos antihéroes activan un mecanismo de defensa puramente nuestro: un humor filoso y melancólico que sirve de escudo, y una lealtad inquebrantable hacia los iguales. En el sálvese quien pueda cotidiano, estos libros demuestran que la verdadera victoria es conservar la humanidad en medio del naufragio.
Con una prosa tan feroz como tierna, la escritora y guionista argentina Liliana Escliar presenta su novela Podría morirme ahora, editada por el sello independiente Sur y después. La autora se sumerge en las profundidades de la precarización existencial y material para narrar las derivas de un grupo de sobrevivientes urbanos en una Buenos Aires que asfixia, pero no logra apagar la chispa humana. La trama sigue de cerca a Ramiro, un hombre desocupado que acumula la pérdida de su fábrica de champú, de su familia y la sombra de un amigo desaparecido durante la dictadura, y a Manu, un astrólogo homosexual atravesado por el doble duelo de la muerte de su madre y de su joven amante.
A través de la metáfora de un barco que se bambolea constantemente pero se resiste a hundirse del todo, la novela evita caer en el golpe bajo o el pesimismo absoluto. Escliar domina el arte de la comedia trágica, utilizando el humor filoso como un escudo indispensable para neutralizar la crudeza de la realidad de sus personajes. Lejos de la pasividad de las víctimas, los protagonistas son retratados con una empatía punzante como "perdedores seriales" y expertos en el arte de la supervivencia, tipos comunes con los que cualquiera podría cruzarse en una esquina porteña intentando mantener la cabeza fuera del agua. La crítica especializada ha valorado enormemente esta capacidad de la autora para encontrar luz en el horizonte más esquivo: frente a la hostilidad del entorno, la salvación siempre es colectiva.
Eduardo Sacheri ?maestro en sintonizar el pulso de la clase media bonaerense? construye en La noche de la Usina la que quizás sea la épica definitiva del perdedor argentino del siglo XXI. Ambientada en la agónica antesala del estallido de 2001 en un adormecido pueblo de provincia, la novela narra la tragedia de un grupo de vecinos comunes que junta sus últimos ahorros para levantar una cooperativa agrícola, solo para ver cómo el corralito bancario y la estafa de un poderoso local se degluten sus sueños en cuestión de horas. La lona, el despojo y la humillación parecen ser el destino inexorable de estos hombres rotos.
Sin embargo, en lugar de entregarse a la resignación, este grupo de "pobres tipos" decide organizar una resistencia tan descabellada como poética. Con un plan minucioso que evoca el espíritu de las viejas películas de atracos, pero ejecutado con las herramientas rústicas del campo y el rebusque pueblero, los protagonistas se embarcan en una venganza quijotesca. Sacheri esquiva el drama oscuro y tiñe la narración de un humor entrañable y una tensión contenida, convirtiendo la revancha económica en una declaración de principios: la dignidad no se negocia y, cuando el sistema te lo saca todo, la única salida es la lealtad entre los iguales.
Si bien la estirpe del perdedor obstinado tiene su propia tonada rioplatense, la literatura universal acuñó su mapa definitivo en 1862 con esta obra cumbre. Viajar a la París decimonónica de Victor Hugo este fin de semana es entender de dónde viene esa necesidad humana de resistir cuando el sistema ya te declaró culpable antes de tiempo.
El perdedor serial original de esta épica es Jean Valjean. Su falta inicial fue robar un trozo de pan para salvar a sus sobrinos del hambre; el castigo, una condena desproporcionada de 19 años de cárcel. Al salir de prisión, convertido en un paria marcado por el Estado, Valjean parece destinado a confirmar los peores prejuicios del mundo. Sin embargo, un inesperado gesto de piedad ajena quiebra su destino y activa una resistencia ética colosal.
A lo largo de los años, Valjean sobrevive a las deudas morales, rescata de la miseria a la pequeña Cosette y huye incansablemente de Javert, un inspector de policía implacable que encarna la burocracia ciega y la obsesión de que los vencidos nunca cambian. Al igual que las ficciones de nuestra orilla, Los miserables demuestra que en el barro del desamparo y en el estallido de las barricadas (en este caso, la Rebelión de junio de 1832), la mayor victoria de los que siempre pierden es la tozudez de conservar intacta su humanidad.
En La uruguaya, Pedro Mairal disecciona con una honestidad brutal e incómoda las desventuras de Lucas Pereyra, un escritor cuarentón atrapado en el peor de los purgatorios: el estancamiento profesional, la asfixia económica y el desgaste matrimonial. La oportunidad de sortear el cepo cambiario argentino y cobrar unos dólares en Montevideo se presenta como el salvavidas ideal. No obstante, lo que prometía ser una jornada de escape y fantasía romántica se transforma rápidamente en un encadenamiento de malas decisiones, malentendidos y un patetismo tan crudo como hilarante.
Mairal logra que empaticemos con un perdedor serial contemporáneo que se sabotea a sí mismo en cada esquina. El viaje a la orilla oriental del Río de la Plata funciona como un espejo deformante donde el protagonista choca de frente contra sus propias ilusiones de grandeza. Con una prosa ágil, hiperrealista y cargada de una ironía mordaz, la novela retrata la vulnerabilidad de una generación que promedia la vida sin brújula, resistiendo a los embates de la adultez mediante el autoengaño y la búsqueda desesperada de una libertad que siempre parece quedar del otro lado del río.
Para entender la genealogía de este perdedor entrañable, es obligatorio volver a Osvaldo Soriano. En Triste, solitario y final, su mítica novela debut de 1973, el autor se introduce a sí mismo como personaje en una decadente ciudad de Los Ángeles para investigar los últimos días del cómico Stan Laurel. En ese submundo de mitos oxidados y olvidos de Hollywood, Soriano cruza caminos con Philip Marlowe, el icónico detective de Raymond Chandler, que aquí aparece envejecido, fuera de época y viviendo de la caridad de un gato.
La genialidad de la obra radica en cómo Soriano rinde homenaje al género negro mientras subvierte sus reglas a través de un humor melancólico y cinematográfico. Marlowe y el propio Soriano se consolidan como dos antihéroes huérfanos de época, golpeados por matones y por el propio paso del tiempo, que caminan por la cornisa del fracaso absoluto. Sin embargo, en medio de la balacera y el absurdo, lo que los mantiene en pie es una ética inquebrantable, la resistencia a través del sarcasmo y una lealtad silenciosa que demuestra que los verdaderos perdedores son los únicos capaces de conservar la ternura en un mundo que los declaró obsoletos.
Fuente: Netfan Servicios