Miércoles 21 de Octubre de 2026

Hoy es Miércoles 21 de Octubre de 2026 y son las 10:27 - pagina

SOCIEDAD

21/10/2026

La leyenda del pistolero Ruggierito: el misterio de su crimen, la noche que salvó a Gardel y la multitud que lo despidió

La leyenda del pistolero Ruggierito: el misterio de su crimen, la noche que salvó a Gardel y la multitud que lo despidió

Fuente: Netfan Servicios

Fue un exponente de la marginalidad como fuente de negocios y al servicio de la política. La vida de un maleante que aún hoy, algunos lo recuerdan con respeto en Avellaneda, la ciudad donde nació y donde su crimen quedaría impune

Luego de haber pasado la tarde del sábado 21 de octubre de 1933 en el hipódromo de La Plata, Juan Nicolás Ruggiero regresó a Avellaneda. Era un pistolero de 38 años que, con su banda, controlaba el juego clandestino, los prostíbulos y amañaba elecciones en ese populoso distrito industrial, que era manejado bajo la influencia de Alberto Barceló, el caudillo local conservador.

Ruggierito, retacón y regordete, estaba en Crucecita, un barrio que debe su nombre a un arroyo que lo atravesaba. Allí, vio a una mujer antes de seguir camino hacia su casa, en avenida Belgrano al 900, frente al Hospital Fiorito, donde convivió durante diez años con Elisa Vecino, diez años menor que él. Pero nunca llegó.

Había nacido a la una y media de la mañana del 24 de junio de 1895 en la isla Maciel. Su padre Francisco era un napolitano que se ganaba la vida como carpintero ebanista y su mamá Amalia Lucachi tenía 14 años cuando se casó, y al año siguiente ya había sido madre. De carácter fuerte, lo justificaba diciendo que "soy enérgica porque tengo muchos hijos para darles de comer". Tuvieron más de 15, y habían llenado dos libretas enteras para inscribir los nacimientos.

En el cuarto año de la primaria, Ruggiero dejó el Colegio Hispano Argentino, en Mitre al 100, para ayudar a su papá en la carpintería. En su adolescencia se juntó con malas compañías y así se metió en el mundo de la marginalidad. Cuando era un joven, se tiroteó en la puerta de uno de los prostíbulos que custodiaba, propiedad de Enrique "El Manco" Barceló, hermano del intendente. Así, logró fama y un ascenso. Era 1913 y el líder conservador no demoró en ponerlo al frente de un subcomité conservador, que funcionaba en Pavón 252, frente al frigorífico La Negra.

En el comité se hacía política, se arreglaban elecciones y se repartía ayuda a los que más lo necesitaban. Y también se apostaba. Esos días colgaban de la puerta de entrada el cartel "Hoy – Escolaso – Hoy". El joven Ruggiero cuidaba su negocio. Muchos de los que timbeaban iban de la ciudad de Buenos Aires y cuando alguien ganaba mucho, lo hacía acompañar hasta el puente del Riachuelo. "Si lo afanan en la capital que se joda, pero acá, en Avellaneda, no me asaltan nunca un cliente", siempre decía.

El local contaba con la infraestructura y con el ingenio para encontrar soluciones a los problemas, a tal punto que a través de un telescopio alemán, ubicado afuera del hipódromo de Palermo, se relataban las carreras, transmitidas a través de un teléfono.

El comité funcionaba como lugar para escuchar tangos. Entre los cantantes de moda que concurrieron estaba Agustín Magaldi y también sobresalía el Pibe Ponzio, que acostumbraba a ejecutar el violín mientras colgaba de su dedo meñique un revólver.

Ruggierito también tenía negocios en la prostitución. Era socio en el Farol Colorado, el burdel más conocido de la isla Maciel, que estaba a cargo de la princesa Matilde y sus bailarinas o pupilas, como gustaba llamarlas. El prostíbulo, cuyo nombre original era "Café du Paradis", estaba ubicado al lado de la escuela primaria de la isla y cuando ya era un establecimiento popular, se lo promocionaba como "cinematógrafo para hombres solos", ya que allí se proyectaron las primeras películas pornográficas en el país.

Tuvo que vérselas con matones al servicio de otros partidos. Con uno de los primeros que lidió fue con el Paraguayito, un bravucón a sueldo de los radicales que manejaba la delincuencia en Villa Industriales.

Pero su rival más enconado fue Julio Valea, el "Gallego Julio", cuyo radio de acción era Barracas y hacía lo mismo que él pero para los radicales. Había llegado de España escapándole al servicio militar y vivía con dos mujeres, una italiana y otra francesa en el recién inaugurado Hotel Castelar. Fueron amigos cercanos hasta que Ruggierito impidió que asaltase a un pobre italiano, y se enemistaron para siempre. Hubo un intento de hacer las paces pero cuando una tarde Valea miraba correr a su caballo desde el techo de su vehículo -tenía prohibida la entrada al hipódromo- un certero disparo de winchester terminó con su vida.

Se había enamorado de Elisa Vecino, una chica del barrio, de 14 años. Él le llevaba doce. Y a pesar de que la mamá de ella no quería que su hija tuviera una relación con un delincuente, no pudo hacer nada. Se fueron a vivir juntos a una casa recién construida en la intersección de las calles Belgrano e Italia, con mucama, cocinera y chofer.

Se hizo amigo de Carlos Gardel. El matón había intercedido por el cantante cuando el hampón Juan Garesio, dueño del cabaret Chantecler, mandó a pegarle un tiro la noche del 11 de diciembre de 1915 porque el cantante salía con su novia. Gardel recibió un disparo en el pulmón izquierdo y las gestiones de Ruggierito lograron calmar a Garesio. En agradecimiento, el dúo Gardel-Razzano amenizó los actos del partido Conservador. Y fue el propio Barceló quien le consiguió la documentación al artista para que pudiera salir de gira al exterior.

El 27 de septiembre de 1933, Gardel cantó en Avellaneda. Se planeó que fuera en el club Leales y Pampeanos, pero la multitud que se congregó lo obligó a cantar en la calle. De esa oportunidad, quedó la fotografía del cantante y Ruggierito. 25 días después lo asesinaron.

El 14 de agosto de 1929 sufrió un grave atentado cuando, con su tío Juan Lucachi, regresaba de La Boca. Había llevado un grupo de prostitutas desde la isla Maciel. En la esquina de Cevallos y Hernán Cortés fueron emboscados, su tío murió acribillado y él quedó herido. Su auto terminó con treinta impactos de bala. Mientras estuvo internado en el hospital Fiorito quisieron terminar la faena, pero un guardaespaldas frustró el ataque.

A esa altura, su familia había prosperado económicamente. Su mamá tenía acciones del Banco de Avellaneda, y la impunidad con la que se manejaba hizo que en 1929 Ruggierito -cuya banda integraba la planta permanente de la municipalidad- se apropiase de la primera línea de colectivos que unía Isla Maciel con el centro de Avellaneda, que fue la 7. Era una idea de los hermanos Bruni ante la ausencia de un medio de transporte en el barrio. Como eran siete los socios, la línea llevó ese número. Su gerente general pasó a ser Alfonso, hermano de Elisa; los Bruni quedaron con las manos vacías.

Además, les regaló a sus padres una quinta en Ranelagh que se la había comprado a un comisario. El dueño de la vecina estación de servicio de la Standard Oil se encargaba de arreglar las pinchaduras de los neumáticos, producto de los impactos de bala. Su figura ya era muy popular en la ciudad y la gente no solo iba a la residencia de Barceló, en Lavalle 43, a pedir por trabajo o algún favor, sino que también hacían lo mismo en la casa de Ruggiero.

A esa altura, su nombre sonaba como sucesor de Barceló a la intendencia, ya que su jefe aspiraba a algo más grande, y que nunca obtendría, que era la gobernación de la provincia de Buenos Aires.

Ese sábado 21 de octubre, cerca de las nueve de la noche, el auto chapa 2817, manejado por José María Caballero, estacionó en Dorrego 2049, en el barrio Crucecita. El pistolero iba a visitar a una mujer. Ni el chofer ni su guardaespaldas Moretti repararon en el Chevrolet azul estacionado en la vereda de enfrente. En el momento que Ruggierito salió de la casa y se agachó para entrar al auto, un hombre apareció de la oscuridad y le disparó un tiro por la espalda. La bala le salió por la garganta.

Rápidamente el agresor subió al auto. Caballero y Moretti lo siguieron y cuando lo tuvieron a tiro, el auto de los agresores frenó sorpresivamente y efectuó una cerrada descarga. Reventaron el neumático trasero derecho y el parabrisas del auto de los perseguidores. Luego, huyeron por la avenida Mitre y desaparecieron.

Ruggierito ya había sido llevado al Hospital Fiorito, donde murió minutos después de la medianoche. Con su mirada, alcanzó a despedirse de sus seres queridos.

Fue velado desde el domingo a la mañana hasta el lunes a la tarde en el subcomité de Pavón, avenida que permaneció cortada por la cantidad de vehículos. Cuando llegó el momento de llevarlo al cementerio, la gente transportó a pulso el féretro de caoba borravino. En ese momento un diputado provincial colocó una bandera argentina, asida por un crespón negro. Así lo llevaron hasta la iglesia, donde se rezó un responso. En camino al cementerio local, la policía frenó la carroza fúnebre y quitó la bandera, que quedó como una suerte de trofeo de guerra en la comisaría. Actuaron por orden del comisario Esteban Habiague, que desde que había asumido en febrero de 1932 fue un enemigo declarado del muerto.

El crimen nunca se esclareció. El auto de los agresores fue hallado abandonado en La Boca. El parabrisas tenía un orificio de bala, realizado desde adentro hacia afuera y los asientos estaban bañados en sangre. La policía adjudicó el hecho a peleas entre bandas, aunque la sospecha que pesaba sobre su patrón Barceló, nunca se disiparon.

Al año, los Ruggiero echaron a Elisa de la casa de la avenida Belgrano. Ruggierito no había puesto nada a su nombre. Debió empeñar las joyas que le había regalado para poder vivir y aunque su hermana las rescató, ella no quiso volver a tenerlas. Consiguió un trabajo de vendedora en una casa de ropa y se casó con un empleado bancario, aunque tiempo después se separó. Cuando su ex marido falleció, se volvió a casar. No tuvo hijos. Falleció en 1974.

La mamá encargó una estatua de cuerpo entero de su hijo, a la que hizo colocar en la quinta de Ranelagh. Allí, junto a sus viejos amigos del bajo fondo, le festejaba su cumpleaños.

Dicen que Barceló había montado en cólera cuando en un acto político le gritaron en la cara "Ruggierito si; Barceló, no". Y que también vio pasar el cortejo fúnebre asomado desde la ventana de su mansión de Lavalle, hoy sede de una escuela técnica secundaria.

En la bóveda de Ruggierito, siempre hay una flor fresca que alguien deja entre los dibujos de la reja de la puerta y cerca, se encuentra el sepulcro de Barceló, que por años mostró signos de abandono, dos caras de una triste y trágica realidad.

Fuente: Netfan Servicios