CULTURA
19 de diciembre de 1971
Roberto el Negro Fontanarrosa (Rosario, 26 de noviembre de 1944 –, 19 de julio de 2007), fue un humorista gráfico y escritor argentino.
De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: «Me cagué de risa con tu libro»
Sà yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Cassale, yo sé. Nunca falta gente asÃ. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habÃa que estar esos dÃas en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.
Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos dÃas anteriores al partido. ¡Y qué te digo “esos dÃasâ€! ¡Desde semanas antes ya se venÃa hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veÃas por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos dÃas, hermano, prendÃas un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.
—Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venÃa a jugar a Rosario y le rompÃa el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacÃa la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrÃan que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? HabÃa que aguantarlos porque se corrÃan una fija, pero una fija se corrÃan, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para latelevisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Asà se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese dÃa y no se la pueden sacar!
Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenÃan un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mÃo.
Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; SantamarÃa el Cucurucho SantamarÃa, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corrÃa una fija. ¿Sabés cuántos habÃa en la ruta a Buenos Aires, el dÃa del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habÃan salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oÃme, habÃa que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutÃa. Entonces si a mà me decÃan que tenÃa que matar a mi vieja, que habÃa que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahÃ, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahà sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servÃa para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerÃas, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y habÃa muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenÃa un pañuelo atado desde hacÃa como diez dÃas, de ésos de “Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desatoâ€. Después la vieja decÃa que habÃamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decÃa que sà para no desilusionarla a la vieja.
Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya habÃa tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olÃmpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y venÃamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires Ãbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habÃamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habÃamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venÃa llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me habÃa fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése.El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo habÃa cambiado en el medio tiempo porque Ãbamos perdiendo y con eso empatamos.o sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. te digo más, estuvimos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra el boludo de michi decÃa que él habÃa estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que habÃa estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venÃa la mano en esos dÃas. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.
Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos tenÃamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos tenÃamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podÃamos volver nunca más acá. Ãbamos a perecer
Esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdÃamos nosotros agarrábamos el “Ciudad de Rosario†y por acá, por el Paraná, nos tenÃamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mà viejo. Ya el Miguelito habÃa dicho bien claro que él se la daba, que si perdÃamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, asà que habÃa que creerle. O hacerse puto, no sé quién habÃa comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie querÃa ni siquiera sentir hablar de esa Posibilidad. Ni se nombraba la palabra “derrotaâ€.
Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahà te dicen “la papaâ€, o “tiene otra cosaâ€, “algo maloâ€, pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahà fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale. El viejo Cassale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venÃa al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se habÃa ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahà fue que nos acordamos de que un dÃa, en la casa del Cabezón, el viejo habÃa dicho que él nunca, pero nunca, lo habÃa visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos habÃa impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntas, “¿Cómo carajo hizo este tipo pata no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la canchaâ€. Porque, oÃme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayás a. los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos asÃ, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntarlos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se habÃa dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese dÃa se habÃa torcido un tobillo y no podÃa caminar, que estaba engripado, que le dolÃa un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano— que el viejo la posta posta era que nunca le habÃa tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque asà como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Cassale era uno de éstos, de los ojetudos.
Entonces ahà nos dijimos “Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estarâ€... Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda viste? porque nosotros no era que lo veÃamos todos los dÃas al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se habÃa ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habÃamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debÃa tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenÃa por debajo de las patas.
Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos “vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atadoâ€. Porque también podÃa ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habÃamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenÃa que ir, era una bandera, un cheque al portador.
La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le habÃa prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que habÃa tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que habÃa estado muerto como media hora y lo habÃan salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no habÃa clavado la guampa de puro pedo y que le habÃa quedado tal cagazo que no habÃa vuelto a ir a la cancha desde hacÃa ya, mirá lo que te digo, dos años.
¡HacÃa dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no querÃa ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenÃan terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibÃan incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibÃan, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se morÃa, tan jodido andaba. Vos le hacÃas ¡Uh! en la cara y el viejo partÃa. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle “Pero mire, don Cassale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodÃa Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por dÃa? usted está hecho un toroâ€. Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.
Le decÃamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenÃa un equipo de mierda y que ya a los quince minutos Ãbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya habÃa decidido que tenÃa que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habÃan empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querÃan saber qué carajo querÃamos decirle nosotros al vicio en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no Ãbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabÃa si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leÃa, tan boludo no era, y sabÃa cómo venÃa la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. “Ese dÃa —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mÃo que vive en Villa Diegoâ€. No querÃa escuchar ni los bocinazos el viejo. “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el dÃa ahÃ, sin escuchar radio ni nadaâ€. Porque el viejo decÃa y tenla razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oÃr, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oÃr, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahà mismo seco en el lugar. Asà que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenÃa, para borrarse del asunto.
Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allà hechos bosta porque veÃamos que la cosa venÃa muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el dÃa anterior le habÃa caÃdo una tÃa del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tÃa le habÃa venido el dÃa antes. Era un presagio funesto el de la tÃa.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decÃa que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que Ãbamos a terminar todos en cana y que, además, eso serÃa casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. HabÃa tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querÃan hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decÃa el Miguelito y eso era cierto, vos lo veÃas al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta afios no te digo que parecÃa un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movÃa. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teorÃa que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un curro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponÃa el lomo, lo atendÃan a cuerpo de rey y —la tenÃa a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él —viviendo como un bacan, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearÃa escondido; y de no ir a—la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivÃa como Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.
El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdÃa, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habÃamos tenido lo nuestro y que, de últimas, tenÃamos experiencias en malos ratos y fulerÃas. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.
Yo me acuerdo cuándo perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavÃa se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevÃa a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decÃa el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo asà como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el paÃs, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, habÃa que hacerlo, mi querido. Además, como decÃa el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos futbolistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son asÃ, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahà en más todos los pibes se hacÃan de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son asÃ. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan “Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria†y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahà ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.
Entonces la cosa estaba clara, habÃa que secuestrar al viejo Casale, o sino aguantarse que quince, veinte años depués, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de lepra sos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que serÃa? Beirut serÃa un poroto al lado de esto, hermano te juro.
El que organizó la “Operación Eichmannâ€, como lo llamamos, fue el Colorado. La llamamos asà por ese general aleman, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judÃos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba par ese entonces en la O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés es una organización de acá, de Rosario, que se llama asà porque son iniciales, O.C.A.L “Organización Canalla Anti Lepraâ€. Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.
Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensar maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.
Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un dÃa de estos no aparece en el “Selecciones†y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenÃa la quinta el hermano del viejo Cassale. Desde donde vivÃa el viejo, ahà por San Juan al mil cuatro cientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenÃa que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la. duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenÃa y seguro que el hermano tampoco tenÃa porque debÃa ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venÃa perfecta, porque el viejo nos habÃa dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podÃamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salÃa a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de lÃnea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.
Después hubo que hablar con los otros muchachos, porqu e convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era asÃ, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenÃa un par de coches en la lÃnea 305. Fue un ojete asà de grande, porque si no tenÃamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenÃa dos 305 y con uno de ésos ya tenÃa pensado pirarse para el Monumental el dÃa del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputÃsima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.
Entonces, el Rulo, con los monos arriba Y nosotros, tenÃa que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponÃa de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahà cerca desde donde veÃan la puerta de la casa del viejo Cassale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.
Apenas vio que salÃa el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenÃa en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.
Ya les habÃamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormido, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.
Te digo que el dÃa habÃa amanecido frÃo y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo habÃa sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medÃa 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decÃa “Empalme Graneros presente†y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el. viejardo no la vichara.
La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habÃamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenÃa cerca y movÃa la cabeza como diciendo “¡Mirá vos!â€.
Se ve que tenÃa unas ganas de hablar pero nadie querÃa darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Asà que nos hacÃamos todos los dormidos. ParecÃa que habÃan tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, asà parecÃa que a nosotros nos habÃa agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahà el viejo se levanta y le dice al Rulo “En la esquina, jefe.â€. Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahà no se podÃa parar, que estaba cerrado el tráfico, que habÃa que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, “En la esquinaâ€. Ahà ya el Rulo nos miró, porque se le habÃan acabado los versos. Y ahÃ, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habÃamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, “¡Soy canalla, soy canalla!†por las ventanas.
Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habÃan ido aguantando hasta ahà sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.
¿Viste esas pelÃculas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo asÃ. De golpe se transfonnó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya habÃa gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahà algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decÃamos: éste es el momento crucial. Ahà el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacÃa bosta, o salÃa adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podÃa creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se habÃa ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habÃamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.
Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no habÃa arreglo, que no habÃa posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no tenÃamos conciencia, que era una,verguenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se habÃa bancado la sorpresa del ómnibus querÃa decir que ese cuore se podÃa bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.
Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis lujos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comÃa facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No habÃa, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso si, y habÃa momentos en que parecÃa que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahà me dije: si éste no se murió aquÃ, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, habÃa gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no querÃa ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenÃan siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, Ãbamos a un suplementario y ahà nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más enteros y se venÃan como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decà que ese dÃa, Dios querido, yo no sé que tenÃa el flaco Menuttl que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese dÃa ese flaco enclenque que parecÃa que se rompÃa a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahà nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te digo y me gustarÃa que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese dÃa. Me gustarÃa que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Cassale cuando el referà dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referà dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me, gustarÃa que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegrÃa en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese dÃa fue para ese viejo el dÃa más feliz de su vida, pero lejos lejos el dÃa más feliz de su vida, porque te juro que la alegrÃa que tenÃa ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; “¡qué importa!†¡Qué más querÃa que morir asà ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, asà como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse asÃ, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegrÃa de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Asà se tenÃa que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.