10/04/2026
Biblioteca Nacional: nació como el lugar para unir a los argentinos pero se debate si es el edificio porteño más lindo o más feo
Fuente: telam
La institución fue creada por la Revolución de Mayo en el Cabildo. Pero su actual emplazamiento responde a una intención de reconciliación, aunque sigue generando discusiones
Amor y odio. Admiración y espanto. Aplausos y abucheos. Todo eso despierta, en simultáneo, uno de los edificios más emblemáticos de Buenos Aires: el de la Biblioteca Nacional. Así lo determinó una encuesta, que en 2013 determinó que esa enorme construcción brutalista en el corazón de Recoleta era, para buena parte de los porteños, el segundo edificio más bello de la Ciudad y, a la vez, el cuarto más feo para otra parte significativa de la población.
En medio de esa aparente contradicción, subyace una realidad. Ese edificio gris y gigante al que uno de sus autores apodaba "gliptodonte" no pasa desapercibido en el imaginario colectivo de quienes van y vienen por la Ciudad de Buenos Aires.
De la inauguración de ese edificio, encabezada por el entonces presidente Carlos Menem el 10 de abril de 1992, pasaron exactamente 36 años. Pero la historia del edificio que ahora mismo alberga algo más de un millón de ejemplares había empezado a escribirse más de tres décadas antes. Y la de la Biblioteca Nacional como institución, justo apenas después de la Revolución de Mayo, en 1810.
El origen de la Biblioteca Nacional es bien revolucionario. El 13 de septiembre de 1810, la Primera Junta decretó la creación de la Biblioteca Pública de Buenos Aires. El anuncio fue todo un acontecimiento, porque quebraba con una costumbre histórica que implicaba que era la Iglesia quien atesoraba libros y documentación. La institución impulsada por la Primera Junta pasaba al ámbito civil una responsabilidad -y un poder, también- que siempre se había detentado desde el mundo religioso.
Mariano Moreno fue nombrado "Protector" de la biblioteca, y es por eso que hoy la institución lleva su nombre: fue el primero en ocupar ese cargo. Algunos personajes clave de esos años de revolución y formación del Estado fueron protagonistas también de la construcción del acervo fundacional de la biblioteca. Manuel Belgrano fue el más resonante de todos ellos.
A esas donaciones, que se iban replicando entre las esferas más encumbradas de Buenos Aires, se sumó material documental y bibliográfico confiscado a distintas instituciones de los tiempos coloniales.
La primera locación de la biblioteca era una evidencia de su vínculo tan estrecho con la Revolución de Mayo y la Primera Junta: se ubicaba nada menos que en el Cabildo de Buenos Aires. Dos años después, la institución se mudó muy cerca de allí, a la Manzana de las Luces.
En 1884, más de medio siglo después de su creación, la biblioteca fue nacionalizada, y un año después asumió como director Paul Groussac, el primer gran impulsor del carácter ya no porteño sino completamente argentino de la institución.
Groussac encabezó la Biblioteca Nacional nada menos que durante 44 años, y fue quien sistematizó todo el acervo que existía hasta ese momento. Además, fundó la revista La Biblioteca, dedicada a difundir el archivo y las actividades de la institución, e impulsó el traslado a la emblemática sede de la calle México al 500.
Allí iba a funcionar originalmente la Lotería Nacional. Pero finalmente se decidió que ese destacado edificio de estilo beaux arts fuera destinatario de la cada vez más extensa colección de libros, revistas y documentos. Ese edificio permitió que se acrecentara el patrimonio de las distintas colecciones, ya que había un mejor lugar para preservarlo.
En 1955 fue nombrado director nada menos que Jorge Luis Borges, el gran escritor pero, sobre todo, el grandísimo lector argentino. Borges, ya enormemente renombrado, impulsó aún más la relevancia de la biblioteca, y además promovió la creación de la Escuela Nacional de Bibliotecarios.
El autor de El aleph fue también uno de los impulsores de la creación de la nueva sede. Es que la Biblioteca Nacional no paraba de crecer y hacía falta más espacio para atesorar todos esos volúmenes.
No es casual el emplazamiento actual de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Allí estaba el Palacio Unzué, que había funcionado como residencia presidencial de Juan Domingo Perón. Allí, incluso, había muerto Evita en 1952. Pero el Palacio había sido uno de los blancos de los bombardeos a Plaza de Mayo de junio de 1955, como una de las formas de las Fuerzas Armadas de atacar al gobierno peronista.
En 1958, cuando ya estaba instalada la autoproclamada Revolución Libertadora, se decidió demoler por completo la edificiación. El objetivo era borrar cualquier rastro de esa casona de Agüero 2502 que había sido un símbolo de los años de Perón y Eva al frente de la Argentina.
Finalmente, en 1962 se llevó a cabo el concurso nacional que elegiría el proyecto arquitectónico ganador de cara a la construcción de una nueva sede -mucho más grande- en el terreno en el que había estado el Palacio Unzué. Se impuso el proyecto de los arquitectos Clorindo Testa, Alicia Cazzaniga y Francisco Bullrich.
Habían presentado una idea basada en el brutalismo arquitectónico y con una característica tan innovadora que les valió consagrarse en el concurso: el proyecto implicaba enormes depósitos subterráneos de libros en tres subsuelos. Esos depósitos resultaron ganadores por ser ideales para proteger los ejemplares del daño de la luz natural.
A la vez, el proyecto tenía cuatro grandes columnas debajo de las cuales se arma una especie de plaza seca, que le da continuidad al parque en el que se emplaza la biblioteca. Por esas cuatro columnas, Testa también se refería al edificio como "cuadrúpedo".
Pero aunque el proyecto resultó desulmbrante, la construcción fue extremadamente lenta. La piedra fundamental de la obra se colocó en 1971 y pasaron más de dos décadas hasta el día de la inauguración. La obra fue suspendida por la dictadura militar y por sucesivas crisis económicas.
Fue un préstamo otorgado por el Reino de España lo que, en 1990, dio el último empujón a los trabajos de construcción para que, finalmente, hace exactamente 34 años se inaugurara el edificio brutalista que no pasa desapercibido.
En 2019, el edificio ideado por Testa, Cazzaniga y Bullrich fue declarado Monumento Histórico Nacional. Alberga algo más de un millón de ejemplares de libros y tiene espacio para un total de tres millones de volúmenes. Esos depósitos subterráneos son la clave para esa gran capacidad de almacenamiento.
Entre sus enormes tesoros, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno posee más de una veintena de incunables, que son libros impresos antes del siglo XVI. Además, no sólo custodia la biblioteca personal de Manuel Belgrano, sino también de José de San Martín. Una de las donaciones más grandes del siglo XX fue la que hicieron Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, de un total de 17.000 ejemplares.
Cuando impulsó el concurso para que se eligiera un proyecto arquitectónico, el entonces presidente Arturo Frondizi se refirió a su emplazamiento, un lugar que había sido venerado y atacado hasta mediante un bombardeo.
Dijo: "Este nuevo edificio será el símbolo de la integración. Cuando los 'gorilas' quieran investigar, tendrán que hacerlo donde vivieron Perón y Evita, y en el caso de los peronistas, que pregonaban 'alpargatas si, libros no', no encontrarán la casa de su líder sino la Biblioteca Nacional". Era una manera de decir que ahí podrían encontrarse todos los argentinos.
La Biblioteca Nacional, vista desde afuera, sigue despertando admiración y repudio. No es casual que para algunos sea deslumbrante y, para otros, un adefesio. No pasa desapercibida, ni por su aspecto ni mucho menos por ser uno de los tesoros culturales más importantes del país. Un lugar en el que pueden entrar millones de libros, revistas y diarios. Dentro del "gliptodonte", protegidos contra cualquier daño y listos para el que se los quiera encontrar.
Fuente: telam