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12/07/2026

Odiseo no ha muerto: Borges vio en él a un héroe hecho de palabras y Nolan lo sabe

Fuente: telam

La nueva interpretación cinematográfica reabre debates sobre su legado, su astucia y la fuerza de las historias clásicas

Cuando Gilgamesh se encontró con Utnapishtin, el último de los inmortales, no pudo no llorar. Ante él se revelaba el fin aciago de su empresa: ya no había forma de alcanzar la inmortalidad de la carne. Esa posibilidad había sido vedada por los dioses y su decisión sellada con toda la fuerza inapelable de un diluvio universal. Diluvio que recogió, entre otras, la tradición judía y que los católicos conocemos por el Antiguo Testamento.

Pero esa historia del rey de Uruk (del mítico y del, acaso, real sumerio), quedó sepultada bajo las arenas del tiempo y, literalmente, las del desierto. Su eco se confunde en la frágil memoria de la Historia y de las historias.

Más de un milenio después, aproximadamente, otro rey, otro hombre, se embarcó en un viaje que la daría una vida imperecedera, aunque su búsqueda era distinta. Un viaje digno de ser narrado por Atenea y que, cuando el último sacrificio en su honor fue consumido, los mortales lo siguieron cantando. Odiseo, rey de Ítaca, el más famoso de los héroes aqueos, sobrevivió a la muerte de sus dioses.

Jorge Luis Borges compartió con Homero la circunstancia de ser un poeta que se había quedado ciego. Pero fuera del patetismo que podría encerrar esa coincidencia biográfica, el argentino también se tuvo que sentir hermanado con el griego en su amor por la épica, lo mítico y los viajes fantásticos.

Homero aparece mencionado en 82 textos del corpus borgesiano. Sus dos poemas más famosos, la Ilíada y la Odisea, en más de 50 y 70, respectivamente. Sin dudas la obra que reúne, en un solo poema épico, las diversas tradiciones y versiones del viaje de Odiseo fue una de las lecturas predilectas del autor de Ficciones.

El propio Borges hizo personaje a Homero en su cuento "El inmortal" y lo hizo protagonista de su propio viaje, inverso al de Gilgamesh. El hombre que fue Marco Flaminio Rufo en algún momento de su imperecedera vida se confundió con Homero, su compañero, y, arquetipos al fin, el uno fue el otro porque todos somos Nadie, como Odiseo. El inmortal de Borges sabe que toda empresa humana es vana y que lo añorado por el sumerio es el verdadero castigo, y por eso busca las aguas del río mítico que le devolverán la consoladora certeza de la muerte.

Borges entendió que clásico no era un libro que poseía tal o cual virtud, sino aquella que "las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y una misteriosa lealtad". La talla indiscutible de clásico que tiene la Odisea se reafirma, siglo a siglo. Borges, como él mismo lo entendía, solo fue un eslabón más de la cadena.

La nueva adaptación de Christopher Nolan, confeso admirador de Borges, nos traerá nuevamente al personaje de Homero. Borges escribió en su ensayo Las versiones homéricas que no existe un texto que se termine. El punto final, sobre todo de los clásicos, es una mera pausa transitoria. "El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio".

Las traducciones son, en el universo borgesiano, una nueva obra. "�Qué son las muchas [traducciones] de la Ilíada de Chapman a Magnien sino diversas perspectivas de un hecho móvil, sino un largo sorteo experimental de omisiones y de énfasis?". Cada traducción recupera fiel o infielmente una historia, y la atraviesa con los juicios y prejuicios de los nuevos tiempos y la vuelve nueva a los ojos de lectores contemporáneos.

Y para Borges este acto de traducir es, de alguna forma, análogo a escribir. �Qué es un escritor sino un traductor? O sea, alguien que vuelve a contar, a su forma, en su lengua, en su tiempo, una historia ya escrita por otros.

Un texto tan antiguo como la Odisea, no podría haber sobrevivido sin la incesante vitalidad de las traducciones/reescrituras. El poema de Homero, que se pudo componer gracias a la creación del alfabeto griego simplificado es, incluso, una versión de esa historia tan popular que ya se venía cantando desde hacía generaciones.

El texto cobra su unidad en torno a un héroe popular del folklore griego: Odiseo (o Ulises) y se lo inserta en una de las temáticas más celebradas de la época: el nostoi, que es el regreso de los grandes héroes aqueos que conquistaron Troya. A su vez, estos dos elementos se combinaron con las coyunturas sociales y políticas del ocaso de la era micénica, en la que estaba inmerso Homero. Así que la Odisea es el nostoi de Ulises, pero también es la coronación literaria de un imperio que entraba en decadencia.

La versión de Nolan, su traducción al lenguaje del cine, no viene simplemente a repetir a Homero. Eso sería imposible. El cine no es una mera reproducción. Es una forma de arte que transforma. La Odisea de Nolan, es una obra nueva, para lectores/espectadores nuevos.

En ese sentido, no es menos que comprensible que el director británico haya contado que trabajó su película sobre una traducción moderna realizada por Emily Wilson, una académica británica�estadounidense nacida en 1971, profesora de Estudios Clásicos en la Universidad de Pennsylvania (USA) y que es la primera mujer en traducir los dos famosos poemas de Homero al inglés en 2018 y 2023. La perspectiva femenina (o incluso feminista) también enriquece y revitaliza la Odisea. Algo que también hizo Margaret Atwood con su novela Penélope y las doce criadas (The Penelopiad, 2005), contándonos la versión de la reina de Ítaca.

La Odisea, en su original en griego, comienza con la palabra andra; hombre. Desde ese punto de partida, ya sabemos que esta no es una épica colectiva. Es la épica de un hombre mortal. No es Aquiles, cuya cólera (menin) abre la Ilíada.

Este andra, no es uno más entre los aqueos que lucharon en Troya. Por él intercede la poderosa Atenea y se opone a los funestos designios que prepara su tío Poseidón (o su padre, según una versión alternativa de origen libio recogida por Heródoto). Hay una palabra que es clave en todo esto: polytropon. Y es esta palabra, que solo se repite en el verso 330 del canto X, el objeto de numerosas interpretaciones y discusiones que no hacen más que enriquecer al texto y darle parte de su vigencia. Porque, como nos demuestran Nolan y las mil polémicas en torno a su película (algunas tan obtusas como racistas), sería un error creer que todo está dicho sobre Odiseo y su famoso viaje.

Pero volvamos de regreso a la palabra polytropos.

En sus raíces encontramos la palabra polys (muchos, variados, múltiples) y tropos (senderos, rumbos, caminos). O sea, que Odiseo nos es presentado como un hombre de muchos caminos. Esto, interpretaron algunos traductores y estudiosos, hace referencia a su largo viaje. Para otros, a la versatilidad del héroe para resolver los problemas de las formas más astutas. En nuestra lengua, la palabra más cercana que se ha inventado para expresarla ha sido asendereado. Pero esta cuestión irresuelta y vital, acepta otra interpretación que tiene mucho de borgesiano.

Hay críticos y estudiosos, como Martin Puchner (profesor de Literatura Inglesa y Comparada de la Universidad de Harvard), que entienden que lo que buscó Homero es señalar que Odiseo es un hombre que se hace camino con la palabra. El famoso héroe, que se hace llamar Nadie, tiene el don de la elocuencia. Casi como esa facultad carismática descrita en el mundo católico como Don de Lenguas.

Odiseo sortea muchos de los obstáculos y peligros valiéndose de su ingenio y poder de convencimiento. Odiseo habla, grita, miente, exagera, narra. Con los actos se gana el odio de los dioses, pero con la palabra se granjea el favor de dioses, reyes, hechiceras, criaturas y guerreros. Odiseo, el de los muchos caminos, el aventurero que aún después de regresar a su hogar decide emprender nuevos rumbos, es, también, a su forma, un escritor. Es el hombre que recurre a la literatura, a la narración, para endulzar su historia o para conmover. Es, en cierta forma, un aedo (cantor de epopeyas) de su propio viaje.

Es ese crear con la palabra lo que lo emparenta con aquel comienzo del evangelio de San Juan que nos cuenta que en el inicio solo existía la Palabra y de ella todo fue creado. Porque Dios es la Palabra, escribe el evangelista en un lenguaje sumamente simbólico y literario. Aunque teológicamente significa algo diferente, nunca pude dejar de pensar en el impacto que esas palabras pudieron tener para el niño Borges, recitadas en inglés por su abuela metodista Fanny Haslam. Abuela que sabía la Biblia de memoria, que había querido evangelizar "en el desierto" y que buscaba, seguramente, inculcar en su nietito la Fe y el temor de Dios. Para el niño Georgie, la Biblia no pudo ser un libro sobre la Fe, una guía espiritual o la Palabra de Dios. Era un libro de cuentos con historias fascinantes, al que llamó, muchos años más tarde, un libro de literatura fantástica inglesa.

Borges y Odiseo creían en un mundo cuya realidad se creaba con las palabras y que por lo tanto la Historia podía ser torcida y retorcida mil veces persiguiendo un fin. La memoria se podía cantar, falsear y exagerar y desde ella construir un nuevo camino. Odiseo, como tantos de los personajes de Borges, no es un narrador confiable. El Odiseo aedo y el Borges escritor parecían creer en un destino que se entretejía en una discusión permanente entre dioses y mortales.

Odiseo no ha muerto, como nos contó Dante en el canto XXVI del Infierno, al tratar de cruzar, en una última travesía, las Columnas de Hércules. El viaje de Odiseo a Ítaca aún no ha terminado. Renace y muta, nos diría Borges, con cada nuevo lector. Odiseo, hombre que se hace camino con la palabra, a través de ella ha logrado, en nuestras humildes bibliotecas, la inmortalidad que, en vano, Gilgamesh buscó en el mundo de los dioses.

* Escritor, ensayista y bibliófilo. Director de Ulrica Revista.

Fotos: Landmark Media y archivo.

Fuente: telam

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