SOCIEDAD
30/07/2026
Llegaron en bote a una isla desierta y la transformaron en su hogar: hoy sus hijos viven de la pesca y los turistas curiosos
Fuente: Netfan Servicios
Lo que comenzó como la aventura de un joven pescador que llegó en bote a un pequeño islote deshabitado en medio del Golfo de California, México, terminó convirtiéndose en una historia de arraigo que ya atraviesa cuatro generaciones. Más de un siglo después, los descendientes de la familia Cuevas continúan viviendo allí
En medio de las aguas turquesas del Mar de Cortés, frente a la península de Baja California Sur, en México, se encuentra El Pardito, una diminuta isla rocosa que desafía toda lógica. Sin calles, sin autos y sin las comodidades de una ciudad, este pequeño territorio es el hogar de una sola familia desde hace más de cien años.
La historia de los Cuevas parece salida de una novela de aventuras. Todo comenzó en 1923, cuando el pescador Juan Cuevas Ramírez decidió instalarse junto a su esposa Paula en lugar aislado, sin habitantes y con abundantes recursos pesqueros para construir una nueva vida.
A pesar de las dificultades - El Pardito tiene apenas una hectárea de superficie y no cuenta con fuentes naturales de agua dulce- Juan y Paula levantaron las primeras viviendas y formaron una familia de nueve hijos. Con el paso de las décadas, varias generaciones de los Cuevas continuaron viviendo allí y los más jóvenes aseguran que también morirán en ese lugar.
A más de un siglo de aquella aventura, los Cuevas siguen siendo los únicos habitantes permanentes de la isla. Su modo de vida sigue ligado al mar y a la conservación de los recursos naturales, y con el tiempo desarrollaron prácticas de pesca sustentable y se convirtieron en guardianes de las aguas que rodean el islote.
En los últimos años, las nuevas generaciones encontraron una manera de complementar los ingresos provenientes de la pesca: abrir las puertas de El Pardito al turismo. Los visitantes pueden conocer cómo se vive en una de las islas habitadas más pequeñas del mundo, escuchar las historias familiares y experimentar de cerca una forma de vida que, prácticamente, ya está en extinción.
Los descendientes recuerdan que el fundador de la comunidad recorrió distintas islas antes de tomar una decisión definitiva. "Anduvo calando donde no hubiera mosquitos", recordó uno de sus hijos, ya anciano, al explicar cómo su padre exploró distintos rincones del Mar de Cortés hasta encontrar el sitio ideal para asentarse.
En un reportaje realizado por el youtuber @MsLizardfly, otro de los descendientes, nieto de aquella pareja pionera, relató las dificultades que enfrentaban para desplazarse por la región. "A remo, puro remo y a la vela", resumió sobre los viajes que realizaban en una época en la que los motores todavía no habían llegado a estas aguas.
Las embarcaciones eran extremadamente rudimentarias. "Una canoa de tronco de árbol", detalló otro de los miembros más longevos de la familia, quien escuchó las historias directamente de sus padres. Según su relato, "cuando faltaba el viento las embarcaciones quedaban a la deriva hasta que una nueva ráfaga permitía continuar el viaje".
Una de sus hijas del fundador lo recuerda con cariño, aunque reconoce que tenía fama de conquistador. "Yo lo quise mucho, aunque era muy mujeriego, pero mi mamá siempre estuvo al pie de la letra", contó.
La mujer también destacó el papel fundamental de su madre, quien no sólo sacó adelante a sus propios hijos, sino que también colaboró en la crianza de otros miembros de la familia. "Ella misma le crió a los otros siete hijos que había tenido con otra mujer en la otra isla", reconoció sin pudor.
La vida en El Pardito exigía una enorme capacidad de adaptación. No había comercios ni abastecimiento regular, por lo que muchas de las necesidades básicas debían resolverse de manera artesanal. Una de las tareas más importantes era la producción de cal a partir de conchas de caracol para levantar las casas.
"Hacíamos la cal de caracol. Poníamos una tanda de leña abajo y otra de cáscara de caracol. Cuando ya estaba blanco le rociábamos agua y amanecía la cal blanca, así como una flor", recordó otra de las hijas de los fundadores.
Durante décadas, conseguir agua potable fue uno de los mayores desafíos. "Cuando estábamos muy chicos, nosotros el agua la acarreábamos en San Evaristo", relató una integrante de la segunda generación de los Cuevas.
La situación cambió recién cuando comenzaron a llegar embarcaciones equipadas con plantas desalinizadoras. "Ahora vienen esos barcos grandes que traen desalador, ahí hacemos el agua ahora", explicó.
Pero si hubo una actividad que permitió la supervivencia de la comunidad fue la pesca. Los miembros de la familia aprendieron desde niños a capturar especies como cabrilla, jurel, pargo, garropa, cochito y sierra. Durante décadas, la conservación del pescado se realizaba mediante técnicas tradicionales.
"Todo el pescado lo salábamos", recordó otra de las mujeres de la familia. El proceso era laborioso: primero se colocaba el pescado en grandes tinas con sal, luego se dejaba curtir y finalmente se secaba antes de ser enviado a los mercados del continente. "En ese tiempo era puro pescado salado y muy barato", recordó otra de las descendientes.
La pesca de tiburón ocupa un lugar especial en la historia familiar. Arturo Cuevas, bisnieto de los fundadores y representante de una de las generaciones más jóvenes, explica que sigue siendo una de las actividades más fascinantes.
"Es emocionante sacarlo", contó sobre el momento en que encuentran al animal prendido del anzuelo. Sin embargo, también reconoce que la experiencia les enseñó la importancia de proteger el ecosistema del que dependen: "Ahora miramos la vida de otra manera", afirmó.
"Todos los pescadores queremos sacar más, pero ahora miramos la vida de otra manera. Tratamos de cuidar algunas especies porque vivimos de esto", señaló.
Sin embargo, aclaró la actividad también conlleva riesgos. Arturo recordó que cuando era chiquito, un tiburón le pegó una mordida a su papá y casi le saca el brazo.
Al mismo tiempo, el creciente interés de turistas y viajeros por conocer una de las comunidades más aisladas del mundo abrió nuevas oportunidades económicas para la isla: paseos en lancha por los arrecifes y servicios de snorkel.
Y aunque a veces los ingresos escasean, ninguno de los Cuevas parece dispuesto a abandonar El Pardito. La isla representa mucho más que un lugar donde vivir: es la memoria de sus antepasados, el escenario de sus historias familiares y el legado que buscan transmitir a las próximas generaciones.
Fuente: Netfan Servicios