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08/05/2026

El periodista argentino que fue asesinado en la guerra de Vietnam: una foto de su cuerpo maniatado y su texto inconcluso

Fuente: telam

Ignacio Ezcurra había ido por un mes a cubrir la guerra para el diario La Nación. La italiana Oriana Fallaci lo describió en una de sus notas. Su trágica muerte y los textos que dejó sobre el conflicto

"Me he encontrado con un muchacho triste y amable a quien vi hace algunos años en Buenos Aires. Se llama Ignacio Ezcurra, y está aquí por La Nación. Uno de estos días quiero ir a comer con él para preguntarle qué piensa del asesinato de Piggott, Laramy, Cantwell y Birch. �O quizás esta noche? Son las tres de la tarde. Aún estamos esperando que ocurra algo en el aniversario de Dien Bien Phu." La autora de estas líneas es la periodista Oriana Fallaci, enviada especial de L'Europeo de Milán para cubrir la guerra de Vietnam, y se refería al asesinato de cuatro periodistas de Reuters, Associated Press y Time for Life el domingo 5 de mayo de 1968, en una calle de acceso que llevaba a la ruta hacia el Mekong.

Ignacio Ezcurra, 28 años, periodista de La Nación, había llegado a Saigón el 24 de abril de ese año y planeaba permanecer un mes. Había ido para "contar la verdad" de la guerra.

Nacido en San Isidro en 1939, quinto de doce hermanos, era tataranieto del general Bartolomé Mitre y además estaba emparentado con Juan Manuel de Rosas. A la par que estudiaba Letras en la UBA, entró al diario La Nación en la sección de avisos clasificados.

Luego de dos viajes que hizo en moto a Brasil y a Perú, hizo otro en 1959 con dos amigos, "a dedo" por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, México y Estados Unidos.

Gracias a una beca de la Sociedad Interamericana de Prensa, estudió periodismo en Estados Unidos. En 1961 regresó al país y trabajó en la Secretaría de Cultura de la Nación y el Instituto Di Tella.

Se reincorporó al diario como cronista, estudió Sociología e Historia y también se desempeñó como fotógrafo. También trabajó en el suplemento dominical y condujo con Mario del Carril y Jorge Morel un programa en Radio Municipal.

En 1965 se casó con Inés Lynch y tuvieron una hija, Encarnación. Cuando murió, su esposa esperaba a Juan Ignacio.

En un viaje que hizo en 1967 a Estados Unidos, estudió los conflictos raciales y se vinculó a figuras como Robert Kennedy, quien le manifestó que "la solución del problema racial está en conseguir ocupación para todos. Trabajo". Entrevistó a Martin Luther King, a quien describió como "bajo, mofletudo. Da la mano estrecha, sinceramente, y luego las mueve al hablar con lentitud felina y poder dormir al boxeador. 'Tenía intención de ir al Brasil y a la Argentina antes de que terminara este año, pero ya no lo voy a poder hacer, lo tengo todo tomado. No dejaré de viajar el año que viene", le había adelantado. También había hablado con Rap Brown, estudiante de sociología de 23 años, presidente del Comité Coordinador de Estudiantes no violentos, a quien se lo consideraba el responsable de los últimos desórdenes raciales en los Estados Unidos.

Charló con Whitney Young, presidente de la Liga Urbana, Floyd McKissick, referente junto a King, Lonnie Shabazz, jefe de la comunidad musulmana y James Lawson, cabeza del Movimiento Nacionalista de la Unión Africana.

Al año siguiente partió a Vietnam, a pesar de los reparos que había puesto el diario, preocupado por su seguridad. Pero ya tenía la decisión tomada. Había viajado a París a tramitar la visa y partió en un vuelo vía Biafra, Hong Kong, Guam y Saigón.

Llegó el 24 de abril de 1968 y se alojó en la habitación 502 del Hotel Eden Roc, en la calle Tu Do (Calle de la Libertad). En aquel momento, había cerca de 650 periodistas acreditados en el país para cubrir la guerra.

Con el diario había acordado enviar sus despachos a través de la Associated Press. Escribió cinco notas. La primera acerca del vuelo, en el que compartió pasaje con soldados norteamericanos, que eran enviados al frente en vuelos comerciales. También relató que la azafata explicaba que el avión volaba a 12 mil metros para que no lo alcanzara la artillería comunista. Y cuando descendieron de la máquina en el aeropuerto y se escucharon detonaciones, nuevamente la azafata explicó que era "la guerra".

En la segunda nota, describió los combates en los alrededores de Cholón, un barrio muy peligroso, en el que no convenía adentrarse. En ese sector de la ciudad, ubicado en la margen oeste del río Saigón, predominaba la población china y durante la guerra funcionó un importante mercado negro, especialmente de armas norteamericanas.

Ezcurra describió los disparos, el cañoneo, el bombardeo con napalm, la gente que huía mientras veía arder sus casas, en medio de un frenético ir y venir de camiones militares y ambulancias de la Cruz Roja.

Algunos interpretaron este ataque como un recordatorio del Vietcong del 14 aniversario de la batalla de Dien Bien Phu que significó el fin del imperialismo francés.

Ezcurra reprodujo la declaración de un oficial norteamericano, quien le aseguró que los norvietnamitas nunca podrían tomar la ciudad, aunque admitió que "en su terreno nos será muy difícil derrotarlos".

El argentino se trasladó a pesar de las recomendaciones de que no fuera �"de allí vuelven todos cadáveres"- con la 9� División de Caballería al valle de A Shau, cerca de la frontera con Laos, donde hacía tiempo se registraban sangrientos combates. El helicóptero volaba bajo porque era más difícil que la artillería fuese efectiva, mientras desde la máquina se ametrallaba la espesura.

Ezcurra comprobó el grado de destrucción de las bombas que arrojaban los bombarderos B-52, con cráteres de quince metros.

Pasaron la noche en un improvisado búnker, que se estremecía por los estruendos de los cañones y morteros. El periodista reflejó el temor de algunos soldados, de los oficiales y suboficiales que se quitaban las insignias porque eran blanco preferido del enemigo, así como lo eran los radiooperadores, los que trataban de ocultar las antenas de sus aparatos.

Le llamó la atención el calzado de los norvietnamitas: ojotas con suelas de goma de camión. Los estadounidenses decían que atacaban "como lobos". Y destacaban que si los survietnamitas lo hicieran igual, en una semana se ganaría la guerra.

La última nota de Ezcurra fue sobre la comunidad católica de Vietnam del Sur, que se oponía a las conversaciones de paz porque interpretaban que de esa manera, los comunistas podrían llegar al poder. Querían que subsistiesen las dos Vietnam y que los comunistas se fueran al norte.

El 5 de mayo asesinaron a cuatro periodistas. Falacci dejó un descarnado relato de ese hecho con base en el testimonio de un quinto trabajador de prensa, Frank Palmos, quien milagrosamente pudo escapar. Iban en un jeep blanco y al parecer se perdieron en el barrio de Cholón. Llegaron hasta unas barricadas donde una anciana, semioculta, les advirtió de la presencia de hombres del Vietcong. De pronto, hombres armados dispararon sobre los periodistas. Un sargento se ocupó de rematarlos y cuando cargaba nuevamente su arma, Palmos aprovechó para correr en zigzag y logró mezclarse entre la multitud.

"Siento mucho la muerte de los colegas que fueron asesinados días atrás por el Vietcong. Estaban desarmados y tuvieron tiempo de decir que eran periodistas. Fue una crueldad inútil eliminarlos. Por otra parte, entiendo que el periodismo ha sido sumamente imparcial con el Vietcong. También entiendo que todos los que estamos aquí sentimos que estamos corriendo ese riesgo. Y ése es un precio que tenemos que pagar por estar cubriendo la historia más grande y tal vez más triste de este momento". Así opinaba Ezcurra, cuando se emitió el 7 de mayo de 1968 por televisión en La Voz de América su crónica sobre los crímenes de los periodistas.

El 8 de mayo, Ezcurra estaba de recorrida con dos colegas, Merton B. Perry de Newsweek y Raymond Coffey del Chicago Daily News. Perry cubriría por seis años la guerra de Vietnam y junto a otros periodistas ganaría el Pulitzer por ello poco tiempo después. Murió de un ataque cardíaco a los 41 años, mientras que Coffey, un experimentado corresponsal tanto en Europa como África, se destacaría por sus coberturas del movimiento de derechos civiles en Estados Unidos.

Los tres transitaban por el barrio Cholón �donde los enfrentamientos armados callejeros eran moneda corriente- y en un momento Ezcurra pidió bajarse con el propósito de hablar con la gente. En el jeep dejó su casco que decía "press". Sus colegas regresaron al hotel.

Cuando a la noche no apareció, se alarmaron. Al oscurecer se aplicaba el toque de queda y nadie lo había visto. Tenía una cena con un colaborador del embajador norteamericano y resultaba extraño que no se presentase.

Según relata Falacci, alguien entró a su habitación. Estaba su uniforme, que debía lucir si quería ir con los militares. En su máquina de escribir había comenzado a escribir un artículo: "Saigón, 8 de mayo. Correrá mucha sangre en mayo�"

Temiendo lo peor, dieron su descripción a la policía: "28 años, alto y enjuto. Cabellos castaños oscuros, ondulados, escasos en las sienes. Cara flaca, hundida. Nariz grande, cejas espesas, pantalones grises sujetos por un cinturón claro, y calzaba zapatos".

El 10 apareció una fotografía tomada en Cholón por un fotógrafo japonés, de un rollo que le había vendido a la Associated Press, en la que se ve el cadáver de un hombre blanco tendido sobre la acera, junto al de un vietnamita, tendido con los brazos en cruz.

Siempre según la descripción de la periodista italiana, llevaba pantalones grises sujetos por un cinturón claro, camisa blanca de mangas largas y tenía zapatos. Sus brazos estaban atados a la espalda a la altura de los codos. Había sido ultimado con una ráfaga vertical al estómago y al vientre, y tenía un disparo en la nuca.

Cuando vieron la fotografía, todos coincidieron en que se trataba del argentino. Intentaron ubicar al fotógrafo japonés para conocer dónde había tomado la imagen, pero ya había partido a su país.

El 13 el diario La Nación informaba que aún Ezcurra no había sido hallado y, si bien tenía la fotografía, la publicó el 14. Cuando una semana después recibieron el original, más nítido, familiares y allegados confirmaron que se trataba del periodista.

Al parecer, el Vietcong se despegó del hecho y Estados Unidos aseguró que lo había investigado. Quedará la duda si Ezcurra fue asesinado por mostrar la guerra tal como se presentaba.

En 2018, con la presencia de su hija Encarnación y su nieta, en la sala Requiem del Museo de los Restos de la Guerra de Vietnam, donde se exhiben los trabajos registrados por los 133 fotógrafos muertos durante el conflicto, se inauguró una vitrina con la máquina de escribir Lettera 22, su carnet de periodista, su último artículo y el libro que contiene parte de sus notas periodísticas.

Su cuerpo nunca se pudo recuperar; actualmente Saigón, que era la capital de Vietnam del Sur hasta 1975, pasó a llamarse Ho Chi Minh y Cholón dejó de ser un barrio miserable y peligroso, donde encontró la muerte un periodista argentino que había decidido cubrir la guerra para contar la verdad.

Fuentes: Ignacio Ezcurra, Hasta Vietnam, El Elefante Blanco; diario La Nación

Fuente: telam

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