10/05/2026
"Creà que el éxito iba a curarme, pero solo me duró una noche"
Fuente: telam
El poder y el reconocimiento no van a resolver mi angustia, solo pueden servir como un alivio provisorio. Incluso estoy convencido de que agravan el problema. �O acaso algún adicto se curó aumentando su dosis de droga?
�Tan poco dura el éxito?
No habÃan pasado ni doce horas desde que el Presidente de la Nación me entregó la medalla de oro y mi angustia empezaba a crecer otra vez.
Unos años antes habÃa visto por casualidad un aviso en el diario, en una de las páginas finales, esas que se miran poco y nada, y en el acto supe que esa convocatoria al Instituto Nacional de Formación y Capacitación de Dirigentes PolÃticos era mi oportunidad.
Mientras terminaba la carrera de negocios me habÃa dado cuenta de que me interesaba mucho la polÃtica. No era una sorpresa absoluta, desde chico habÃa soñado con ser Presidente. Por distintas razones, esa vocación no habÃa encontrado su cauce, pero aquel aviso perdido en el diario me daba la oportunidad de volver a mi camino. Mientras lo leÃa, mi mente ya estaba haciendo cálculos: si lograba egresar como mejor alumno, se abrirÃan de par en par las puertas de mi carrera polÃtica. Me imaginé recibiendo la medalla de oro de manos del Presidente y que me invitara a trabajar con él. Exactamente lo que habÃa ocurrido.
En el medio, habÃa atravesado años de esfuerzo y angustias. HabÃa sido muy difÃcil ingresar en esa escuela para hacer el curso de formación de dirigentes. La exigencia del examen era altÃsima y el cupo para alumnos que no pertenecÃan a partidos polÃticos era muy reducido. De seiscientos aspirantes solo ingresaban cien, y de esas plazas, apenas veinte eran para candidatos independientes como yo.
Una vez que superé esos primeros obstáculos me encontré con una competencia feroz. Yo no era el único que querÃa salir primero. �SerÃa el deseo todos? Dicen que todo sacerdote quiere ser obispo, todo obispo desea ser cardenal, y todo cardenal anhela ser Papa.
En pocos meses, un pequeño pelotón de cinco o seis alumnos nos fuimos diferenciando con claridad de los demás. Era evidente que de ahà iba a salir el ganador. Cuando llegamos a la mitad del curso yo estaba agotado. IntuÃa que si querÃa ser el mejor, tendÃa que estar dispuesto a dejarlo todo, y más. Pero una duda corroÃa mi alma: �y si dejaba todo de lado �trabajo, pareja, vida social, descanso� para intentar conseguir ese objetivo y terminaba segundo, a las puertas del éxito? El segundo no es más que el primero de los perdedores.
Esa inquietud me estaba matando. Para terminar segundo o tercero, mejor no esforzarme tanto y vivir más tranquilo. Pero si no lo daba todo, �cómo podÃa saber hasta dónde era capaz de llegar? Y peor todavÃa: si salÃa tercero o segundo sin hacer demasiado esfuerzo, iba a perseguirme toda la vida la idea de que con un poco más de esfuerzo hubiera podido quedar primero.
Después de muchas idas y vueltas en mi cabeza, decidà correr el riesgo. Elegà exponerme a la frustración de darlo todo y terminar segundo antes que no arriesgarme tanto, esforzarme un poco menos y quedar a mitad de camino. SabÃa que dándolo todo podÃa ganar, aunque no hubiera garantÃas. Me la jugué y tuve la suerte de conseguir mi objetivo.
Después de entregarme la medalla de oro en el Salón Dorado de la Casa de Gobierno, el Presidente me invitó a conversar a solas con él. Me contó algunas de sus experiencias, me hizo varias preguntas y me ofreció trabajar en su equipo. Misión cumplida.
Después del gran evento invité a familiares y amigos a hacer un brindis en casa, y cuando todos se fueron, salà a caminar. Aunque intentaba contenerme, mi mente ya estaba concentrada en la siguiente meta: ser Presidente de la Nación.
Me sentÃa magnánimo por haber logrado algo tan importante y anhelado, y la ansiedad no paraba de crecer. Años peleando por llegar a la cumbre, y no podÃa tener ni un dÃa de sosiego.
Era consciente de la enorme dificultad y de la bajÃsima probabilidad de éxito de mis deseos. Me sentÃa abrumado con solo imaginar el camino que tenÃa por delante. Intenté recordar cómo habÃa nacido aquel anhelo, porque no cualquiera fantasea con ser Presidente. �Qué habÃa pasado en mi vida para querer algo semejante?
Un médico canadiense, Gabor Maté, dice que todas las adicciones son la respuesta a un trauma. Un mecanismo adaptativo para sobrellevar el dolor. Y que cuanto más grande el dolor, más fuerte tiene que ser la compensación, más potente el analgésico.
�Qué dolor prometÃa calmarme la droga del poder? �El de la irrelevancia y la invisibilidad que habÃa sentido desde que era chico? �El de la desvalorización que seguÃa sintiendo de adulto? �Esa inagotable necesidad de reparación es el origen de todo anhelo de reconocimiento?
Hoy sé que no voy a ser Presidente de la Nación porque no estoy dispuesto a pagar ese precio. Y también, aunque me duela reconocerlo, porque no tengo las condiciones.
Además, con los años tuve la oportunidad de observar de cerca el poder y sus luchas despiadadas por alcanzarlo o conservarlo, y me di cuenta de que eso no es para mÃ. Nunca hay sosiego en el poder: cuanto más arriba se llega, más difÃcil es todo. Y no hace falta leer a Maquiavelo. Basta con haber ido al colegio para recordar que, a lo largo de la historia, la lucha implacable por el poder hizo que los hijos traicionaran a sus padres, las esposas envenenaran a sus maridos, o los hermanos se asesinaran entre sÃ.
Sé que no voy a reparar mis carencias siendo Presidente porque el éxito nunca sana lo que duele. El poder y el reconocimiento no van a resolver mi angustia, solo pueden servir como un alivio provisorio. Incluso estoy convencido de que agravan el problema. �O acaso algún adicto se curó aumentando su dosis de droga?
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El motor oculto de nuestras ambiciones es el dolor.
Pero el éxito no repara lo que está roto por dentro. Solo lo anestesia.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro "Un paraguas contra un tsunami". www.youtube.com/juantonelli
Fuente: telam